Una novela coral que entrelaza varias vidas unidas por el amor, la pérdida y la dignidad de decidir. Antón, el último horquero del país, descubre que han arrasado sus almeces y toma una determinación irreversible.
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Una novela coral que entrelaza varias vidas unidas por el amor, la pérdida y la dignidad de decidir. Antón, el último horquero del país, descubre que han arrasado sus almeces y toma una determinación irreversible. Nora escucha a su marido confesarle que se ha enamorado de otra y comprende que su matrimonio llevaba años apagado. Daniel recibe un diagnóstico que amenaza a la mujer que ama. Y en una residencia, un enfermero vela el insomnio de Ana Molins, cuya memoria se apaga mientras su nombre reaparece, escrito en un sobre, muy lejos de allí.
En la cima de una colina que ha subido miles de veces, un hombre mayor se sienta en la roca que considera su trono, lía un cigarrillo y contempla el valle. Antón ha sobrevivido a dos guerras, vive solo, no celebra cumpleaños y ha heredado sin discusión el oficio de su padre y de su abuelo: doblar las ramas tiernas de los almeces para convertirlas, con los años, en horcas. Un oficio que ya nadie necesita y que hoy solo sobrevive como curiosidad de feria. Aquella mañana, tras una semana en cama por una gripe, ve un claro imposible en medio del bosque: sus árboles han desaparecido, arrancados de raíz por una obra pública que nadie le consultó. Antón baja la colina, entra en su casa a oscuras, se pone la única americana que tiene y guarda en el bolsillo una fotografía y sus últimas voluntades.
En otra ciudad, Nora oye de labios de su marido tres palabras que llevaban años flotando entre los dos. La conversación que sigue no es una discusión, sino un inventario: los silencios, las llamadas tarde, las preguntas que él esquivaba siempre con la misma fórmula, el desprecio que fue creciendo hasta volverse costumbre doméstica, el miedo aprendido a puertas cerradas. Nora no grita ni suplica; le pide que se marche. Después vendrán las semanas a oscuras, un contestador saturado de mensajes de su madre, su hermana, su socio en la editorial y su amiga Alicia, y una noche cualquiera en que decidirá, por fin, salir de casa.
Alrededor de ellos, la novela abre otras puertas. Daniel cocina mientras su suegra le reprocha, comida tras comida, que su mujer no ocupe el lugar que ella considera natural; ese pequeño teatro familiar se desmorona cuando la pareja recibe, ya sin testigos, la segunda opinión médica que temían. En la residencia Shangrilá, un enfermero llegado de lejos, médico en su país y emigrante en este, abraza sin fuerza a una anciana aterrorizada que no sabe quién es ni dónde está: se llama Ana Molins, y con él ha compartido dos años de insomnios, partidas de cartas y películas vistas de madrugada. Y en un restaurante de moda, Alicia —cocinera televisiva, cronista gastronómica y autora secreta de una saga de novela negra— espera a la amiga a la que no consigue localizar desde hace semanas.
Las historias avanzan por separado, pero se llaman entre sí. Un nombre escrito en un sobre amarillento, una memoria que se borra, una tierra expropiada, un amor que termina y otro que se agarra a lo que queda: la novela va tendiendo hilos hasta que el lector empieza a sospechar que ninguna de estas vidas es tan ajena a las demás como parecía.
Con capítulos breves, diálogo afilado y una atención minuciosa al detalle cotidiano —el olor de una casa cerrada en verano, el ritual de liar tabaco, el peso de una comida familiar mensual—, esta es una obra sobre lo que se hereda sin haberlo pedido y sobre el momento en que alguien decide, por primera vez, elegir. Habla de la vejez y de quién decide cuándo empieza; del maltrato que no deja marcas visibles; del cuidado como trabajo invisible que casi siempre recae en las mismas manos; y de la amistad como el lugar donde por fin se puede contar la verdad. Sin sentimentalismo y sin crueldad, propone una pregunta que atraviesa a todos sus personajes: qué se hace con la vida que aún queda.
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