Un recorrido por más de siete siglos de historia británica, desde el desmoronamiento del dominio romano hasta la conquista normanda de 1066. A través de reyes, obispos y familias que marcaron cada etapa —Wilfrido, Offa, Alfredo, Atelstán,…
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Un recorrido por más de siete siglos de historia británica, desde el desmoronamiento del dominio romano hasta la conquista normanda de 1066. A través de reyes, obispos y familias que marcaron cada etapa —Wilfrido, Offa, Alfredo, Atelstán, Dunstán, Etelredo, los Godwinsson—, el autor reconstruye cómo un mosaico de reinos diminutos y paganos terminó convirtiéndose en un solo país cristiano llamado Inglaterra, y desmonta de paso los mitos que se le han adosado.
En 1939 se descubrió el tesoro de Sutton Hoo; en 1066 murió el rey Haroldo en Hastings. Ambos hitos se invocan como emblemas de lo «anglosajón», pero entre uno y otro median casi quinientos años y un abismo de transformaciones. Cuando se enterró aquel barco funerario, el sur de Britania era una amalgama de reinos minúsculos sin ciudades de más de doscientos habitantes, sin moneda de plata, sin comercio apreciable y con una población que aún veneraba a Thunor, Frig y Wotan. Cuando cayó Haroldo, existía un reino próspero de fronteras casi actuales, con dieciséis catedrales, sesenta monasterios, burgos, condados y sheriffs.
Este libro narra ese trayecto como una historia continua: la etnogénesis de los ingleses y la formación de Inglaterra. Cada capítulo elige una cuestión dominante —el colapso romano y la llegada de los sajones, el surgimiento de reyes y reinos, la implantación del cristianismo, la hegemonía de Offa, la tormenta vikinga, la resurrección alfrediana, la conquista del norte, la búsqueda de unidad monástica, el reinado mal aconsejado de Etelredo, el ascenso de los Godwin— y suele anclarla en una figura concreta, porque la biografía humaniza los hechos sin encerrarlos en retratos sueltos.
El autor trabaja con una honestidad poco frecuente sobre los límites de su material: dos siglos enteros sin registro textual alguno, hechos capitales sostenidos por una sola moneda o un solo documento, mujeres cuyo poder político se intuye pero cuyas vidas resultan irreconstruibles. Y advierte contra las edades doradas fabricadas después: la Iglesia autóctona de los reformadores del XVI, las libertades perdidas que invocaban los parlamentarios del XVII, la superioridad racial que algunos proclamaron en el XIX.
Lo que emerge es un pueblo admirable y desconcertante a la vez —valiente, piadoso, ingenioso, autor de un arte deslumbrante; también brutal, misógino, intolerante y dependiente del trabajo esclavo—. Comprenderlos, no idealizarlos: esa es la apuesta de un relato que aspira, como el recitador convocado por un rey, a entretener mientras informa.