En 1319, cuando el heredero de la Corona de Aragón anuncia que prefiere el hábito al trono y se niega a casarse con la infanta castellana pactada, un cadáver aparece al pie de los muros del castillo de Miravet.
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
En 1319, cuando el heredero de la Corona de Aragón anuncia que prefiere el hábito al trono y se niega a casarse con la infanta castellana pactada, un cadáver aparece al pie de los muros del castillo de Miravet. Novela histórica de intriga política y crimen en la frontera entre dos reinos que no pueden permitirse la guerra.
A principios del siglo XIV, los matrimonios entre casas reales son piezas de una partida más amplia que el amor: sellan treguas, empeñan fortalezas y sostienen alianzas que ningún ejército podría garantizar por sí solo. Sobre ese tablero se levanta esta novela, que arranca en el Palacio Real de Barcelona un día de lluvia y viento de levante, con un hábito franciscano extendido en el suelo como prueba de un escándalo doméstico con consecuencias diplomáticas.
El infante Jaime, primogénito de Jaime II de Aragón, ha confesado lo que su padre no puede aceptar: quiere retirarse del mundo y no piensa desposar a Leonor de Castilla, la niña de doce años con la que fue comprometido. El rey —enfermo, curtido por casi tres décadas de reinado y acostumbrado a medir cada palabra— responde con la lógica del poder: hay castillos empeñados como garantía, hay una hambruna que atender, hay genoveses y pisanos hostigando en el mar y una Francia que espera con el cuchillo bajo la capa. La boda debe celebrarse a mediados de octubre en Gandesa, y el heredero volverá a Miravet a recibir a su prometida.
De ese pulso entre padre e hijo se despliegan hilos que la novela va tensando en paralelo. El confesor del príncipe es expulsado de la corte y, camino de Santes Creus, tres jinetes enmascarados le ofrecen un trato que ningún religioso debería aceptar: hablar de lo que oyó bajo secreto de confesión, o pagar el silencio con dolor y muerte. En Sevilla, María de Molina, dos veces regente y madre y abuela de reyes, recibe la noticia por sus propios agentes y decide contenerla: una filtración daría alas al partido de la guerra y pondría en peligro a los hijos aragoneses que Castilla tiene en casa. Y en Miravet, mientras criados y esclavos preparan la llegada de la comitiva, una sirvienta descubre al amanecer el cuerpo desnudo de Cecco Usai, el paje sardo que la víspera aún cantaba y bailaba, desmadejado al pie del muro que cae a pico sobre el Ebro.
El castillo, antigua plaza templaria absorbida por el reparto de bienes que siguió a la disolución de la Orden, es el escenario donde convergen todos los intereses: un consejero real enviado con un salvoconducto y una instrucción deliberadamente ambigua —«usad todos vuestros recursos»—, un alcaide puntilloso y ambicioso recién nombrado gran maestre de Montesa, cortesanos jóvenes que conspiran entre resacas, y un caballero hospitalario que llega con una promesa que cumplir y con el instinto de guerrero diciéndole que dé media vuelta.
Sobre ese fondo circulan la profecía de Arnau de Vilanova sobre un rey aragonés destinado a unificar la cristiandad, el hambre que ha echado a los caminos legiones de mendigos, y una pregunta que atraviesa el relato: qué margen le queda a la voluntad individual cuando quien la ejerce es una pieza del tablero. La novela combina la reconstrucción minuciosa de la corte —protocolo, latín solemne, cartas selladas, departamentos del secreto— con la mecánica de la intriga criminal, y sostiene el suspense en la sospecha de que la muerte del paje y la rebeldía del heredero no son sucesos independientes.