En un castillo holandés donde las costumbres pesan más que los deseos, Angélica ten Swaart cumple diecinueve años y descubre que su padre ya ha decidido con quién habrá de casarse.
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En un castillo holandés donde las costumbres pesan más que los deseos, Angélica ten Swaart cumple diecinueve años y descubre que su padre ya ha decidido con quién habrá de casarse. El elegido es el doctor Morr, un médico célebre por un tratado sobre la muerte, venido del otro lado del Atlántico y ajeno por completo al mundo cerrado de la vieja nobleza. Frank Thiess construye con esta novela breve un retrato de matrimonio sin escándalo ni estrépito: una historia contenida, casi musical, sobre una joven que se defiende de un hombre al que no ama y al que, sin embargo, no puede abandonar.
Nörregaard es una casa donde todo ocurre según un orden heredado: los criados sirven el café en la salita de música, el pastor murmura sus bendiciones a la servilleta y el señor de la casa brinda por la Reina antes de que nadie tome asiento. En ese decorado inmutable vive Angélica ten Swaart, hija única de un gentilhombre de cámara, rubia, educada, dueña de un dominio de sí misma que los invitados confunden con felicidad. El día en que cumple diecinueve años —la edad en que, desde hace generaciones, se casan las mujeres de su familia— cruza el salón del brazo de un huésped alto y pálido, y un acorde escapado del piano abierto la hace estremecerse sin motivo aparente.
Ese huésped es el doctor Morr, autor de un tratado traducido a cinco lenguas en el que sostiene que la muerte no es lo contrario de la vida, sino una de sus variaciones. Célebre sin ser querido, silencioso, hijo de un hombre enriquecido al otro lado del océano, encarna todo lo que la casa no es: el dinero nuevo frente al escudo antiguo, la pradera frente al jardín podado. Al padre de Angélica el enlace le parece razonable; a los embajadores y ministros que comentan el compromiso entre cigarrillos, una jugada diplomática impecable. A nadie se le ocurre preguntar a la novia, y cuando por fin lo hacen, ella responde con la única palabra que le queda: negocio.
La novela sigue el pulso interior de esa resistencia. Angélica escribe a su amiga Ery cartas en las que pide auxilio sin saber nombrar el peligro; recibe del prometido, desde un puerto de embarque, una despedida cortés y segura de sí que ella lee como una declaración de asedio. No le teme al hombre: le teme a lo que adivina detrás de él, una distancia que no se mide en continentes. «Viene de otro mundo», dirá, y cuando le pregunten si de América, responderá que de más lejos todavía. La lucha que se abre entre ambos no produce escenas: se libra en los silencios de una terraza iluminada con farolillos, en una mano fría que se deja tomar sin entregarse, en la manera en que ella cierra los ojos mientras alguien toca una pieza en el piano.
Thiess escribió este relato a caballo de una enfermedad grave, y algo de aquella frontera se filtró en su tono. La prosa es breve, precisa, deliberadamente fría, atenta a los colores y a los sonidos —tres esferas de agua, un olor a reseda mojada, un acorde en bemol— más que a las confidencias. De esa economía nace su intensidad: lo que no se dice pesa más que lo dicho, y el lector va comprendiendo, antes que la protagonista, hacia dónde conduce ese matrimonio. Publicada por primera vez en 1923, tras años de rechazos editoriales, Angélica ten Swaart se convirtió en la obra que dio al autor un público fiel, y sigue leyéndose como lo que es: una historia sencilla en su trazado y honda en su resonancia, donde una novela de matrimonio se revela, casi sin avisar, como un descenso a las zonas más oscuras del alma.