Durante veinticinco años, el doctor Robert Lesslie atendió la sala de urgencias de un hospital de Rock Hill, Carolina del Sur, y de ese oficio nació este libro: una sucesión de relatos breves, contados en primera persona, sobre lo que…
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Durante veinticinco años, el doctor Robert Lesslie atendió la sala de urgencias de un hospital de Rock Hill, Carolina del Sur, y de ese oficio nació este libro: una sucesión de relatos breves, contados en primera persona, sobre lo que ocurre cuando la vida de alguien se decide en cuestión de minutos. Entre heridas de bala, madrugadas interminables y pacientes que vuelven una y otra vez porque no tienen adónde ir, el autor observa la fragilidad, la compasión y las presencias —humanas o no— que sostienen a las personas en los peores momentos.
Hay un lugar donde nadie llega por elección y donde, sin embargo, se concentra buena parte de lo que somos. El doctor Robert Lesslie pasó veinticinco años trabajando en la sala de urgencias de un hospital de Rock Hill, Carolina del Sur, y este libro reúne lo que vio allí: escenas cortas, casi siempre nocturnas, en las que la condición humana queda expuesta sin adornos ni buenos modales.
El relato avanza como avanza un turno. Un joven de diecinueve años llega cargado en brazos por sus amigos, con una sola herida de bala en el abdomen y los signos vitales estables; todo indica que saldrá adelante, salvo por lo que él mismo insiste en repetir mientras lo llevan al quirófano. Una madre irrumpe a gritos en el pasillo, envuelta en una bata sujeta con alfileres, convencida de que la mujer inconsciente en la camilla es su hija. Un paciente sin techo, conocido por todo el personal, aparece cada pocos días con el mismo dolor de estómago inventado, porque el dolor es su boleto de entrada a una cama tibia y una comida caliente. Y una señora mayor, de esas a las que todos creen tener catalogadas, se marcha a casa con una pastilla y regresa dos días después sin vida.
Junto al autor aparece un elenco fijo y reconocible: el enfermero corpulento que impone orden con una sola palabra, la enfermera cuya intuición merecía más atención de la que recibió, la supervisora de blusa almidonada y disciplina militar, la recién graduada que aún no distingue una urgencia de una actuación, el paramédico que conoce las direcciones de memoria. Ninguno es un héroe de manual; todos descubren, turno tras turno, hasta dónde llega su capacidad de empatizar y de postergarse.
Lesslie escribe desde tres convicciones que el oficio le dejó: la vida es frágil, la humildad puede ser la mayor de las virtudes y conviene decir a tiempo lo que sentimos por quienes queremos. Sobre esa base propone una cuarta, más difícil de sostener y más difícil de descartar: que en medio de la urgencia hay presencias que consuelan, guían y protegen, a veces con la forma de un amigo, de una enfermera o de un desconocido, y a veces sin forma alguna. El libro incorpora una mirada abiertamente espiritual —cada capítulo se abre con un pasaje bíblico— sin convertir las historias en argumentos: los casos se cuentan como ocurrieron, con sus finales felices, sus errores costosos y sus preguntas sin respuesta.
El resultado es una crónica de oficio y de fe, escrita con la sobriedad de quien está acostumbrado a informar hechos, que funciona igual de bien como retrato del trabajo sanitario, como galería de personajes de un pueblo del sur de Estados Unidos y como reflexión sobre lo que sostiene a las personas cuando ya no queda nada más.
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