Alcander, un ángel guerrero castigado por una masacre cometida en la Tierra, recibe alas negras y una condena: proteger a Kay, una joven de diecinueve años que ha dejado de querer vivir.
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Alcander, un ángel guerrero castigado por una masacre cometida en la Tierra, recibe alas negras y una condena: proteger a Kay, una joven de diecinueve años que ha dejado de querer vivir. Para recuperar el cielo tendrá que aprender a amar a la criatura que despreciaba.
Hay reglas en el cielo, y hay quienes las quiebran. Alcander lidera una legión de ángeles guerreros y ama su trabajo, pero bajo esa luz habita una sombra vieja: un odio acumulado hacia los humanos que crece hasta desbordarse. Cuando desobedece la orden de ayudarlos y baja a la Tierra ocupando un cuerpo mortal, una sola noche de luna nueva basta para que miles de personas mueran bajo su mano. A la mañana siguiente descubre que sus alas ya no responden, que el suelo lo retiene y que la voz de su señor solo le devuelve una decepción que llena el mundo entero.
El castigo no es el exilio, sino algo más difícil: sus alas se tiñen de negro y queda atado a una persona. Debe protegerla, entenderla y aprender a amarla —a ella y al resto— si alguna vez quiere volver a volar. Así comienza el peregrinaje de un guerrero convertido en guardián a regañadientes, vagando de noche por ciudades que le parecen sucias y grises, visible para todos y capaz de nada, hasta que un rastro de luz azulada lo conduce a un edificio en las afueras.
Allí vive Kay: diecinueve años, estudiante de administración, delgada hasta el hueso, con las muñecas marcadas y un pasado que le apagó cualquier rastro de alegría. Sobrevive por inercia y por una sola amiga que no soportaría perderla. Su novio, Lucas, es un ángel caído que la trata como un juguete, y ella acepta ese afecto torcido porque le parece mejor que nada. Alcander la espía primero desde un ducto de ventilación, con desgana y asco, hasta que presencia una humillación en el aula y algo se le clava por dentro: comprende que no debe protegerla de los demás, sino de sí misma. Entonces abandona el plan de vigilarla desde las sombras, se inventa un nombre —David— y se acerca.
Lo que sigue es la tarea más difícil para ambos. Enfrente hay demonios de carne y hueso, seres capaces de poseer cuerpos y de aparecerse en las aceras para burlarse; y, más adentro, los propios: la culpa que persigue a un ángel con sangre en las manos y el desprecio con que una muchacha se mira al espejo. Una novela sobre la caída, la condena y la posibilidad remota de que alguien aprenda a querer justo aquello que juró destruir.