Una coronel recién destinada a un espaciopuerto fronterizo descubre que el tráfico de estimulantes que corre por las venas de los pilotos de deslizadoras gravíticas llega hasta las familias más respetables del planeta.
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Una coronel recién destinada a un espaciopuerto fronterizo descubre que el tráfico de estimulantes que corre por las venas de los pilotos de deslizadoras gravíticas llega hasta las familias más respetables del planeta. Entre partes de servicio, boletines de noticias y un diario personal que no debería estar escribiendo, Dayne Slayton investiga, se disfraza y se pregunta cuánto de sí misma está dispuesta a perder otra vez.
Loytas es un planeta seco que nadie habría colonizado de no haberse estrellado allí un piloto. Dos siglos después, un millón de almas de una docena de especies se apiñan alrededor de su espaciopuerto y de lo único que importa: el circuito de carreras de deslizadoras gravíticas, con su dinero, sus apuestas, sus patrocinadores y su ruido permanente. A ese lugar llega la coronel Dayne Slayton, humana y jovencísima para el cargo, como nueva supervisora en jefe de las fuerzas de orden. No sabe si su destino es un premio por sus servicios o el castigo exacto que merece por algo que hizo y que aún no consigue nombrar en voz alta.
La novela se cuenta casi por entero desde dentro de su cabeza, a través de los anexos personales de su diario de oficial —un espacio teóricamente privado que ella empieza a usar como confesionario— intercalados con recortes de un boletín de noticias local que informa de los mismos hechos desde fuera, con otra versión y otras intenciones. Ese contraste es el motor del libro: lo que la prensa llama brutalidad policial, ella lo vive como una noche imposible; lo que el Consejo aplaude, ella lo lee como una confesión de complicidad.
El caso arranca casi por azar. Una pastilla dorada que su asistente le consigue en cinco minutos, un estimulante prohibido desde hace una década y castigado con cadena perpetua, resulta venderse en el setenta por ciento de las farmacias legales de la ciudad, con su caja y su prospecto. Slayton se fabrica entonces una identidad falsa —Serena Ochoa, piloto temeraria de coletas espantosas y traje demasiado ajustado— y recorre tiendas, bares y cibercafés del empobrecido Barrio Axial recogiendo lo que ningún informe oficial recogería. Lo que encuentra no es una banda, sino una arquitectura: bancos que nunca existieron, informes forenses firmados por un contrabandista, un local de apuestas que blanquea dinero, una familia de inversores obsesionada con ganar un campeonato, y una frontera con el Imperio Kônükrarr donde las empresas clausuradas por la Federación pueden reabrir sin que nadie pregunte. Para probar algo tendrá que salirse de la ley que ha jurado hacer cumplir, apoyándose en un mecánico de barrio que gana carreras con una furgoneta de reparto reformada y en un hacker de pelo teñido que fuma demasiado.
Alrededor de la investigación, el libro construye un futuro habitado y sucio, con humor seco y una mirada nada complaciente: especies que conviven sin entenderse, indigentes que mueren de hambre a la sombra de un circuito multimillonario, manifestaciones por derechos que en unos planetas son evidentes y en otros delito, y una protagonista que reconoce sus propios prejuicios mientras los ejerce. Enmarcándolo todo, un prólogo de otra época —la muerte de un escritor célebre en 2235, sus máquinas, su nota final sobre monos eléctricos que dejarán de balbucear— siembra una pregunta que sobrevuela el relato y espera su momento.
Lo que Slayton persigue de verdad, sin embargo, no está en ningún expediente. Se llama Philip, aparece en una carta que no quería recibir, y es la razón por la que una oficial condecorada se siente sucia por dentro. La historia avanza así en dos frentes que se aprietan uno contra otro: la mafia que hay que desmontar y la traición que hay que mirar de frente. Y como en el Gran Dragón, la carrera que se corre a oscuras por túneles, lo que decide el resultado no es la máquina, sino quién elige la ruta.
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