Un ensayo crítico que reconstruye y reivindica el cine de Andy Warhol (1963-1968), desmontando los mitos, errores de datos y lecturas puramente conceptuales que durante décadas empañaron la comprensión de casi trescientas horas de material…
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Un ensayo crítico que reconstruye y reivindica el cine de Andy Warhol (1963-1968), desmontando los mitos, errores de datos y lecturas puramente conceptuales que durante décadas empañaron la comprensión de casi trescientas horas de material fílmico, para devolver el foco a su valor plástico, su estilo y su particular tratamiento del tiempo.
Este ensayo aborda la obra cinematográfica de Andy Warhol como un territorio tan vasto como malentendido. Entre 1963 y 1968 el artista filmó cientos de bobinas que dieron lugar a un cuerpo de películas reconocido tempranamente por el circuito underground y por publicaciones como Film Culture, y que llegó a cruzar hacia el circuito comercial con Chelsea Girls. El texto parte de una constatación incómoda: buena parte de lo escrito sobre este cine se apoya en errores repetidos de libro en libro, en memorias imprecisas de una época sin acceso fácil a las copias, en fotogramas confundidos con fotos de rodaje y en descripciones de películas que sus propios comentaristas nunca llegaron a ver por completo. A partir de ahí, el autor examina y corrige varios mitos persistentes: la confusión entre las películas dirigidas por Warhol y las posteriores, más convencionales, de Paul Morrissey; la idea de un Warhol indiferente a su propia obra, contradicha por testimonios de fascinación real ante sus proyecciones; y la leyenda de un cineasta que simplemente encendía la cámara y se desentendía del resultado, cuando en realidad ejercía un control estético deliberado sobre encuadre, montaje y actores. Sobre esa base, el ensayo propone una cartografía de las fases del cine warholiano: desde la mirada fija, muda e impasible de las primeras bobinas de cien pies, pasando por la introducción del sonido y las bobinas de mil doscientos pies, hasta la cámara inquieta, con zooms y panorámicas, y finalmente el montaje estroboscópico y las narraciones en color de sus últimas películas. También se detiene en el diálogo constante entre su pintura serial y su cine —la repetición, el retrato, la estética pop y camp, las influencias beat y del cine underground de Jack Smith, Kenneth Anger o Joseph Cornell— y en su tratamiento radical de la duración, que convierte la contemplación en un acto casi meditativo y anticipa, según el ensayo, formas culturales posteriores como la televisión de vigilancia continua o la imagen como instalación. El resultado es una relectura que reclama para Warhol el estatuto de autor pleno, con un estilo reconocible y una obra que exige mirarse, no solo teorizarse.