«Andar sin ruido» reúne relatos que arrancan en lo doméstico reconocible —una ruptura, una comida en casa de la madre, una habitación cerrada— y lo tuercen hasta volverlo extraño sin levantar la voz.
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«Andar sin ruido» reúne relatos que arrancan en lo doméstico reconocible —una ruptura, una comida en casa de la madre, una habitación cerrada— y lo tuercen hasta volverlo extraño sin levantar la voz. Carlos Frontera escribe con humor seco, oído fino para el habla coloquial y una lógica interna que nunca se quiebra, por disparatada que sea la premisa. Un libro breve y punzante sobre el amor que se archiva, la familia que se hereda y el duelo que no sabe marcharse.
Los relatos parten de una premisa cotidiana y la llevan hasta el final sin pestañear. El que abre el libro habla en primera persona del plural —«los novios»— para explicar el protocolo de las rupturas: ellas se depilan y se van a tomar café con su mejor amiga; ellos bajan a por una caja de cartón, la llenan de eso que solo los novios saben y la archivan por orden alfabético en el cuarto que sus padres conservan intacto. El chiste sostenido termina describiendo una mecánica del duelo poco graciosa: los pasados son intercambiables y la nostalgia se puede barajar.
Otro texto convierte la sobremesa dominical de una familia feliz en un rito en el que los padres desuellan a sus hijos para proyectar sobre sus pieles películas de mansiones y finales con violines; la piel heredada del hermano mayor y los remiendos guardados en el congelador bastan para mostrar cómo se transmite una forma de vivir. En otro, una visita a la madre —carne en salsa, estanterías llenas de fotos, un collar de macarrones enmarcado— deja al narrador convertido en su propio padre, con una barba que se rebela ante la cuchilla y unas manos que no saben estar quietas.
El texto más extenso cambia de temperatura sin cambiar de método: una mujer escribe un diario en una casa donde ya no funciona nada, se prepara cada tarde un café con las cenizas de su marido, repara la lavadora con un sistema de poleas para que su ropa vuelva a oler a él y escucha por un intercomunicador de bebé un llanto que atribuye a los hijos que nunca tuvo. Ahí asoma el fondo del libro: cuerpos que sobreviven por puro instinto y una intemperie que se aprende a tolerar como una ligera sensación de puaj.
La voz es lo que cohesiona el conjunto: oral, coloquial, con muletillas y digresiones que parecen improvisadas y están medidas. Frontera instala lo insólito sin aspavientos ni explicaciones, y esa naturalidad es justo lo que inquieta. Piezas que se leen rápido y se quedan después, incómodas y tiernas a la vez.