Tras doscientos veinte días de coma, un adolescente de un pueblo ribereño despierta reducido a un brazo que obedece a medias y a un silencio del que no puede salir.
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Tras doscientos veinte días de coma, un adolescente de un pueblo ribereño despierta reducido a un brazo que obedece a medias y a un silencio del que no puede salir. Desde esa inmovilidad narra la irrupción de Joe Speedboat, un chico llegado al pueblo dentro del camión de mudanzas que mató a su padre y que, a golpe de explosiones e invenciones, convierte la quietud de Lomark en movimiento. Una novela de amistad, cuerpo y velocidad contada por quien no puede moverse ni hablar, pero lo ve y lo entiende todo.
Frans Hermans —Fransje para los suyos— vuelve al mundo por partes. Primero recupera el dolor y el oído, luego el movimiento de un solo brazo; el habla, en cambio, no vuelve. A su alrededor se agolpa la familia Chatarra: un padre que sale a fumar, dos hermanos que hablan del tiempo y del negocio como si el negocio y el tiempo fueran la misma queja, y una madre que enciende velas y llama milagro a lo que el hospital llama fase de coma vigil. Cuarenta kilos de carne inerte, un carrito de escay azul y una lucidez feroz: ése es el observatorio desde el que se cuenta esta historia.
Mientras él dormía, algo se rompió en el pueblo. Un camión de mudanzas entró en el salón de la casa más señorial de Lomark y dejó a un hombre muerto atravesando el parabrisas y a un chico de doce o trece años bajando de la cabina cubierto de cal, tranquilo como si aterrizara de otro sistema estelar. Se presenta como Joe Speedboat, un nombre que él mismo se fabricó porque el que le tocó al nacer no le dejaba ser nadie. Desde entonces suenan explosiones, se va la luz de la feria, se sabotean emisoras y se habla de aviones que aún no existen. El pueblo sospecha; Fransje, que lo escucha todo desde la cama, decide de antemano que ese chico le cae bien.
El encuentro llega en una granja vacía, adonde sus hermanos lo abandonan una tarde de fiestas para no cargar con él. Ahí, entre moscas muertas y polvo, Joe se planta delante del carrito, lo mira sin disimulo, le cuenta con una frase que su padre ha muerto y sigue montando un temporizador de lavadora con dos pilas. Nace una alianza desigual y exacta: el que no puede moverse y el que no puede estarse quieto. Alrededor se ordena un pequeño mundo —Christof Maandag, hijo del dueño de la fábrica de asfalto, amigo y envidioso a partes iguales; Engel Eleveld, esa clase de compañero que uno no ve durante años hasta que un día lo necesita; Piet Honing y su transbordador de 1928, que cruza un río demasiado rápido para él.
Lomark se retrata a sí mismo en su escudo: un gallo que una vez espantó a unos vikingos y que desde entonces preside coches de bomberos, azulejos, pasteles y cuadros al óleo. El rechazo de lo ajeno como emblema. Contra ese fondo, la novela avanza por escenas breves y nítidas —la feria oída de lejos, el dique, los caballos enanos, las gabarras que se llevan las colinas del país hacia Alemania— sostenidas por una voz que alterna la crueldad cómica con una ternura que nunca se anuncia.
Bajo la epigrafía del doble sendero de la pluma y la espada, lo que se cuenta es un aprendizaje: el de un narrador que descubre que la observación puede ser una forma de acción, y el de un amigo que paga caro cada uno de sus experimentos. Hay una bomba que estalla donde no debía, una mano medio arrancada, un curso perdido, un orinal que alguien enjuaga sin hacer bromas. Y hay, sobre todo, la pregunta que atraviesa el libro entero: qué es exactamente moverse, y quién decide si has vuelto o no.
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