Ensayo divulgativo que reconstruye, uno a uno, los magnicidios cometidos por anarquistas entre 1894 y 1923 —de Sadi Carnot al cardenal Soldevila— y el contexto de represión, miseria y lucha obrera que los rodeó.
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Ensayo divulgativo que reconstruye, uno a uno, los magnicidios cometidos por anarquistas entre 1894 y 1923 —de Sadi Carnot al cardenal Soldevila— y el contexto de represión, miseria y lucha obrera que los rodeó.
Entre finales del siglo XIX y los primeros años veinte, una serie de atentados individuales sacudió a Europa y América: presidentes de gobierno, jefes de Estado, una emperatriz y hasta un cardenal cayeron a manos de militantes libertarios convencidos de estar saldando una deuda de sangre. Este libro recorre esa secuencia con voluntad de crónica ordenada y cronológica, capítulo a capítulo: Sadi Carnot (1894), Cánovas del Castillo (1897), Isabel de Baviera (1898), Humberto I de Saboya (1900), William McKinley (1901), Canalejas (1912), Dato (1921) y el cardenal Soldevila (1923).
El planteamiento no es el del relato criminal, sino el del ensayo histórico que insiste en situar cada hecho en su entorno social y político. El autor parte de una pregunta incómoda: qué circunstancias empujan a personas cultas, en ocasiones pacifistas declaradas, a planear y ejecutar la muerte de figuras de primer nivel. La respuesta que va tejiendo pasa por una cadena de agravios documentados —leyes de excepción, torturas en los calabozos, fusilamientos sin pruebas, matanzas de huelguistas— que convierte cada atentado en la réplica de otro anterior. Ravachol, Vaillant y Henry se encadenan como eslabones hasta desembocar en Sante Geronimo Caserio; Paulino Pallás y la bomba del Liceo anteceden a la ley de “represión de los atentados anarquistas”; los procesos de Montjuïc alimentan campañas de protesta que llenan Trafalgar Square y las calles de Nueva York.
El libro dedica espacio a los biografiados de ambos lados. Se detiene en la trayectoria política de Carnot y el escándalo del canal de Panamá, en el desgaste de Cánovas ante las insurrecciones coloniales, pero también en el emigrante lombardo que salió de casa a los diez años para no ser una carga y acabó en la guillotina, o en el obrero alemán Kurt Wilkens, pacifista de convicción, que vengó a los trabajadores fusilados en la Patagonia. Junto a los hechos aparecen los ecos culturales: el aguafuerte que Ricardo Baroja dibujó ante el cadáver de Mateo Morral, el poema que Valle-Inclán le dedicó, las baladas populares que todavía se cantan en fiestas de pueblo.
El autor advierte de forma expresa contra la lectura fácil que identificaría el anarquismo con la bomba y el puñal: recuerda que la proporción de ácratas implicados en acciones armadas fue mínima frente a los millones de afiliados al anarcosindicalismo, que el ideario libertario se sostenía sobre la igualdad, la solidaridad y el rechazo a toda autoridad, y que no pocos atentados atribuidos al movimiento apuntan a la policía o a pistoleros a sueldo de la patronal. Tampoco esconde su propia posición: sostiene que no cabe objetividad plena cuando la violencia mayor la ejerce el Estado, y admite que la distancia temporal lo inclina hacia el más débil.
Completan el volumen un comentario editorial que traza un puente entre aquella época y la crisis del presente, un aparato de bibliografía, filmografía e índice onomástico, y una visita guiada al Madrid de los atentados que permite recorrer sobre el terreno los escenarios de esta historia.
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