Un fraile moribundo regresa a Barcelona en 1519 cargando un estuche de madera con la confesión que ha guardado durante veintiséis años: la crónica de lo que él y los suyos hicieron en las islas del otro lado del mar.
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Un fraile moribundo regresa a Barcelona en 1519 cargando un estuche de madera con la confesión que ha guardado durante veintiséis años: la crónica de lo que él y los suyos hicieron en las islas del otro lado del mar. Mientras el monasterio de San Jerónimo de la Murtra se prepara para recibir al emperador Carlos, el prior lee unas páginas que nadie debía leer y descubre, entre nombres impronunciables, la historia de un reino que existió antes de que llegaran los barcos: el de Xaragua, y el de la niña a la que su madre llamó Anacaona, flor de oro.
Barcelona, primavera de 1519. Del vientre de una nao desembarca un hombre al que nadie quiere tocar. Lleva el hábito deshecho, la boca podrida por el escorbuto, los brazos vendados de pústulas y una joroba que él mismo atribuye menos a la enfermedad que a la vergüenza. Cruza la ciudad entre pedradas y escupitajos —esa misma ciudad que veintiséis años antes despidió a los suyos como héroes— con un único objetivo: llegar al Monasterio de San Jerónimo de la Murtra, donde todo empezó, y morir allí después de confesar. Del cuello le cuelga un estuche de madera que aprieta cada vez que las fuerzas lo abandonan.
Se llama fray Ramón Paner, y el monasterio lo creía muerto hacía años. Fue el intérprete del Almirante, el primero en aprender la lengua taína, el primero en bautizar a un hombre del Nuevo Mundo, el que dio la primera misa de aquellas tierras. Ahora pide confesión con urgencia de quien sabe que no verá otro amanecer, y las primeras palabras que pronuncia ante el prior fray Pere Benejam no son las de un misionero glorioso: se declara asesino, culpable de haber destruido la obra de Dios y derramado la sangre de sus hijos en un edén que existía antes de que ellos llegaran.
El estuche contiene cuarenta y seis capítulos. Veintiséis están numerados: son los que Colón mandó entregar a su hijo Hernando, la relación oficial de las creencias e idolatrías de los indios. Los otros veinte, escritos con una letra más pequeña, apretada, nerviosa, no los ha visto nunca nadie. Solo cuando fray Ramón muere —tres noches de delirios en una lengua que aterroriza a los monjes, que la creen la del demonio— el prior se atreve a desplegarlos sobre su mesa, mientras los soldados del emperador registran cada rincón del monasterio. Entre nombres imposibles, uno vuelve una y otra vez, trazado con más fuerza que los demás: Caonabó, rey de Maguana, encadenado en una celda, molido a golpes, levantándose una y otra vez sobre una sola pierna para exigir a quien lo capturó que proteja al pueblo que le ha arrebatado.
Y detrás de ese nombre asoma otro, el que da título a lo que el fraile escribió: la isla de Ahíti, quince años antes de lo que él llama el reino del mal. La ciudad de Yaguana en vela durante un parto que se complica; la reina Hatuana derribando de un trancazo al bohíque que no deja de cantar; el rey Totumao alzando a una recién nacida bajo las estrellas para presentarla a los suyos. Iba a llamarse Ana. Su madre corrigió: Anacaona. La belleza de una flor y la pureza del oro. Alrededor de ella se despliega un mundo entero —areítos que duran días, torneos de pelota entre los veintiséis territorios de Xaragua, poesía recitada al caer la tarde, dioses y espíritus con nombre propio— que el lector conoce sabiendo ya cómo mira quien lo cuenta: desde el otro extremo de la vida, desde la culpa, desde una celda de monasterio donde un hombre agoniza pidiendo tiempo prestado.
Jordi Díez construye la novela sobre esa doble cuerda: la confesión de un testigo que sobrevivió a todos y el retrato de una civilización contada por quien ayudó a acabar con ella. La primera es voz de penitente; la segunda, la de un reino en su plenitud, con su reina niña todavía por nacer al poder. El resultado es una historia sobre el precio de haber estado allí, sobre lo que un hombre está dispuesto a cargar durante veintiséis años y sobre una mujer cuyo nombre significaba oro y flor en una isla que iba a ser desmontada por ambas cosas.
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