Dos novelas en verso reunidas en un mismo volumen llevan al lector al campo cubano, donde el amor tropieza siempre con el prejuicio. En «Ana y Celestino», escrita en espinelas, una pareja separada por el racismo del padre de ella descubre…
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Dos novelas en verso reunidas en un mismo volumen llevan al lector al campo cubano, donde el amor tropieza siempre con el prejuicio. En «Ana y Celestino», escrita en espinelas, una pareja separada por el racismo del padre de ella descubre que ni la distancia ni el rencor bastan para apagar el afecto. En «Juan y Elena», en octosílabos, es la desigualdad entre un peón y la hija del hacendado la que enciende el conflicto.
Abilio Valdés Rodríguez reúne aquí dos relatos rurales contados enteramente en verso, una forma que en la tradición campesina cubana sirvió durante generaciones para narrar, discutir y lamentar.
La primera novela, compuesta en espinelas, sigue a Ana y Celestino, vecinos de una comarca pobre a quienes une un afecto temprano y separa una frontera invisible: la madre de él es mulata, y el padre de ella, Juan, ha hecho del color de la piel una cuestión de honor familiar. La prohibición se repite en la generación siguiente, cuando María, hermana de Celestino, y Oscar, hermano de Ana, se enamoran bajo la misma sombra. Celestino se marcha a La Habana a estudiar medicina; Ana, temiendo por él, le escribe una negativa que no siente. Años después, cuando la vista de Juan se apaga y solo una operación puede salvarla, el azar coloca al hijo de la raza despreciada frente al cuerpo del hombre que lo humilló. De lo que decida hacer con esa oportunidad depende el desenlace.
La segunda, en octosílabos, cambia de escenario sin cambiar de herida. Don Ramón Galván es dueño de tierra, ganado y voluntades; su hija Elena, criada bajo esa dureza, se cruza un día a caballo con Juan, el hijo del vaquero que su padre contrató. Un beso bajo el palmar basta para desatar la furia del hacendado, el despido del muchacho y un plan paterno para casar a la joven con quien convenga a la casa. Alrededor de ellos se mueven Magdalena, la madre prudente que intenta mediar, y Encarnación, la vieja criada que sabe de esa familia más que sus propios dueños.
Escritas con las estrofas del repentismo, ambas historias comparten una misma idea: la del amor que insiste frente al prejuicio de quienes creen tener derecho a decidirlo.
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