Una novela que parte de una pregunta perturbadora: ¿y si Ana Frank hubiera sobrevivido? En el lodo helado de Bergen-Belsen, la muerte se distrae un instante y una muchacha vuelve a respirar.
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Una novela que parte de una pregunta perturbadora: ¿y si Ana Frank hubiera sobrevivido? En el lodo helado de Bergen-Belsen, la muerte se distrae un instante y una muchacha vuelve a respirar. Desde ahí, el relato retrocede al Ámsterdam ocupado de 1942, a un piso de Merwedeplein donde una niña a días de cumplir trece años sueña con ser famosa, discute con su madre y elige, como regalo, un cuaderno de tapas rojas con candado.
El libro se abre en el invierno de 1945, en el campo de Bergen-Belsen: una muchacha yace entre los cuerpos, ardiendo de fiebre, tan cerca del final que ya no siente el frío ni la sed. Un disparo lejano distrae a la muerte y ella vuelve a tomar aire. Ese instante fracturado, el momento en que el mundo que pudo haber sido toma otro sendero, es el punto de partida de una ficción que reimagina un destino que todos creen conocer.
Desde ahí, la narración retrocede a 1942, a los Países Bajos ocupados. En un tercer piso del sur de Ámsterdam, una familia de refugiados alemanes sostiene una rutina cada vez más estrecha. La hija menor mira por la ventana el paso de un cortejo nupcial y se imagina estrella de cine; su madre le reprocha los modales y evoca la casa que tuvieron; su hermana mayor lee en silencio; su padre, siempre razonable, insiste en que los rumores que llegan del este son propaganda. Entre tazas de café y un pastel hecho con sucedáneos, la ocupación entra en la casa en forma de decretos: prohibido el cine, la bicicleta, el tranvía, los parques; obligatoria la estrella amarilla.
El relato sigue a la muchacha por un liceo donde los pupitres vacíos se explican con gestos de la mano —un puño para el arresto, un movimiento hacia abajo para quienes se han ocultado—, por las calles donde una patrulla motorizada la obliga a apretar la mochila contra el pecho para tapar la estrella, y por una papelería en la que elige, entre todos los regalos posibles, un cuaderno encuadernado en tartán rojo con candado.
Junto al retrato de época, el libro construye un retrato íntimo. Hay una chica ingeniosa, vanidosa y deslenguada, que disfruta de la atención y colecciona admiradores; y hay otra, oculta, que se abraza a un poste de luz para contener un ataque de pánico y teme no dejar huella, no ser amada ni conocida de verdad. Esa figura doble —la que actúa para el mundo y la que escribe para sí— es el centro de la obra y también su apuesta: devolverle a un símbolo la estatura incómoda de una persona.
El resultado es una novela histórica que combina reconstrucción documental —calles, comercios, decretos, vecinos, epígrafes de la época— con una voz narrativa en presente que conserva la inmediatez de un diario. Y una pregunta que la atraviesa entera: qué significa querer seguir viviendo después de la propia muerte, y qué precio tiene cumplirlo.
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