Retrato periodístico de Ana Botín, la primera mujer al frente de un banco global, y de la dinastía cántabra que lleva más de un siglo gobernando el Banco Santander.
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Retrato periodístico de Ana Botín, la primera mujer al frente de un banco global, y de la dinastía cántabra que lleva más de un siglo gobernando el Banco Santander. El libro arranca en la madrugada del 10 de septiembre de 2014, cuando la muerte repentina de Emilio Botín precipita en cuestión de horas una sucesión largamente ensayada, y desde ahí reconstruye la educación, las ambiciones y los desencuentros de una heredera preparada desde niña para reinar en las finanzas.
Hay familias que se cuentan mejor con el vocabulario de las monarquías que con el de las empresas. Este libro parte de esa intuición —en el sector financiero español a los Botín se les conoce como «la monarquía de la banca»— y la lleva hasta sus últimas consecuencias: una crónica de poder, herencia y linaje construida sobre la figura de Ana Patricia Botín-Sanz de Sautuola O’Shea, que a ella le gusta reducir a un nombre sin adornos, Ana.
El relato se abre con una escena y una fecha. Miércoles 10 de septiembre de 2014: la Bolsa de Madrid a punto de abrir, un hecho relevante frío y de puro trámite comunicando el fallecimiento del presidente, la acción cayendo, y al cierre de la sesión un segundo comunicado que confirma lo que llevaba años dándose por sobreentendido. En apenas unas horas se resuelve un relevo sin fisuras. La autora sigue ese día minuto a minuto —las llamadas a los grandes inversores, la prisa del Gobierno por que no quedara ninguna puerta entreabierta, el vuelo nocturno desde Londres— para mostrar cómo funciona de verdad la maquinaria que protege uno de los poderes fácticos del país.
Desde ahí, el libro retrocede. Reconstruye una infancia santanderina entre palacetes y apellidos de toda la vida; una bisabuela que de niña, jugando junto a su padre, alumbró para el mundo las pinturas de Altamira; un abuelo trabajador y astuto del que se dice que ella heredó el carácter; una madre pianista y mecenas. Y, sobre todo, una formación cosmopolita diseñada como se educa a un príncipe: la entrada en el Consejo en 1989, los años de aprendizaje en la banca de inversión, el destino de prueba, el exilio profesional, el regreso.
Los títulos de los capítulos sostienen esa metáfora regia —el trono en peligro, el destierro, las pruebas de los dioses, el regreso a Camelot— pero el material es periodístico: testimonios de consejeros y altos directivos, algunos con nombre y otros bajo anonimato, declaraciones de quienes cenaron con Emilio Botín cuatro días antes de su muerte, escenas de despacho y de rueda de prensa. De ahí emerge el nudo más interesante del libro: la relación entre padre e hija, descrita por quienes la vieron de cerca como complicada y exigente, tensada por una pregunta que ella acabó formulando en voz alta —«¿cuándo llega mi momento?»— frente a un presidente que no pensaba jubilarse nunca.
El resultado no es hagiografía ni ajuste de cuentas, sino un examen del precio de una herencia: qué significa haber sido preparada durante toda una vida para un puesto y tener que demostrar, ya sentada en él, que corresponde por derecho y no solo por apellido.