Testimonio autobiográfico de Ana Rivera, mujer nacida en las montañas de Morovis, Puerto Rico, al término de la Segunda Guerra Mundial, segunda de trece hermanos y única que no pudo terminar la escuela.
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
Testimonio autobiográfico de Ana Rivera, mujer nacida en las montañas de Morovis, Puerto Rico, al término de la Segunda Guerra Mundial, segunda de trece hermanos y única que no pudo terminar la escuela. Desde la niñez cargó con el sostén de la casa —agua, leña, el cuidado de los menores— y muy pronto con el trabajo asalariado: jornalera del café, el tabaco y la yautía, empleada doméstica y, a los dieciséis años, obrera de una fábrica de equipo militar en Corozal. Contada en primera persona y con una lengua directa, la obra reconstruye esa vida de privaciones sin autocompasión y llega a una conclusión que le da título: fueron sus manos las que crearon un valor nuevo cada día, y el salario apenas devolvía una fracción mínima de esa riqueza.
Frente al espejo, a los sesenta y ocho años, una mujer repasa los surcos de su rostro y comienza a contar. Así se abre este libro de memorias, en el que Ana Rivera recorre su vida desde una casa de yaguas en la periferia de Morovis —piso de tierra, techo de hojas de palma, olor permanente a humo y humedad— hasta el ruido rítmico de doscientas máquinas industriales en la fábrica de Corozal donde cosió mosquiteros y mochilas para el Ejército de los Estados Unidos.
El relato avanza por escenas breves y muy concretas. El padre, cortador de caña, que regresaba del cañaveral con el cuerpo lleno de cortaduras y aun así sacaba tiempo para contar cuentos e imitar a los animales; la madre, endurecida por la miseria, cuyos castigos y preferencias marcaron a la niña que asumió las tareas de la mayor a los cuatro años. Junto a ellos, la textura de una infancia rural puertorriqueña de mediados del siglo XX: los deslizamientos en yagua por las lomas, las muñecas de trapo que hubo que esconder para poder jugar, las pomarrosas y los guamás, el envenenamiento con semillas de tártago, don Chelo el curandero del barrio, la maestra que reparaba con un regalo la humillación de una Navidad sin intercambio. También los caminos a oscuras, el miedo, la vulnerabilidad de una joven ante hombres que la acosaron y los accidentes de fábrica que interrumpían la jornada con sangre y silencio.
Hay un tramo singular en esa trayectoria: los tres años en que trabajó como empleada doméstica en casa del bolerista Julito Rodríguez, ex primera voz del Trío Los Panchos, quien le cantaba sus composiciones para escuchar su opinión y alguna vez cambió un verso por lo que ella dijo. El libro aprovecha esa puerta para asomarse a la música popular de la época y a un país que exportaba boleros mientras enviaba a sus hijos a las guerras y recibía capital extranjero en sus plantas manufactureras.
Lo que sostiene el conjunto no es la anécdota sino una conciencia que se va formando sin aulas. Ana no estudió: se formó en el trato diario con la tierra, con las máquinas y con las casas ajenas que limpió, y de esa experiencia extrajo una lectura propia sobre el trabajo, el salario y la apropiación de la riqueza. En su nota, el editor Ángel M. Agosto subraya precisamente eso: una inteligencia sin credenciales, sin imagen construida, capaz de formular con claridad lo que muchos títulos universitarios no alcanzan a decir. El resultado es a la vez memoria familiar, crónica de la pobreza rural puertorriqueña, retrato de la industrialización de la isla y afirmación de una identidad femenina forjada con temple propio, y en la que —según ella misma insiste— cupo siempre una desbordante ternura para los suyos.