Tras diez años de un matrimonio sin hijos y sin deseo, Elizabeth recupera su libertad con la ayuda de Roger, el abogado que llevó su divorcio. Cuando el trámite termina, él la invita a cenar con una seguridad que roza la orden, y ella…
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Tras diez años de un matrimonio sin hijos y sin deseo, Elizabeth recupera su libertad con la ayuda de Roger, el abogado que llevó su divorcio. Cuando el trámite termina, él la invita a cenar con una seguridad que roza la orden, y ella descubre que esa forma de mandar despierta una fantasía que llevaba décadas guardada. Amos y esclavas narra la primera noche de una relación entre dos adultos que negocian, con palabra de seguridad incluida, un territorio de dominación y sumisión consentidas. Novela erótica para lectores adultos.
Elizabeth tiene cuarenta años, una figura elegante, una educación impecable heredada de dos padres profesores y la sensación de haber gastado una década entera intentando ser la esposa perfecta de un hombre que nunca quiso nada con demasiada fuerza. El divorcio le devuelve dinero suficiente para un par de años, una casa en silencio y una pregunta que no se había permitido formular: qué haría con el deseo que llevaba tanto tiempo administrando en privado.
Roger Carlton es el abogado que hizo fácil lo difícil. En la última reunión profesional no le pide una cita: le anuncia una hora y un lugar, y se marcha antes de que ella pueda contestar. La maniobra es deliberada. Roger ha aprendido a leer en el silencio de una mujer lo que su educación le impide decir en voz alta, y el silencio de Elizabeth le confirma una corazonada que ha ido creciendo entre expedientes y confidencias sobre un matrimonio fallido.
La novela sigue esa primera noche casi en tiempo real: la elección del vestido, el ascensor que sube demasiado rápido, el portero que ya ha visto llegar a otras mujeres, la mesa apartada de un restaurante pequeño donde Roger pide por los dos y empieza a preguntar. La cena funciona como un interrogatorio cortés y como una seducción: la infancia vigilada, el campamento de verano, el primer novio tardío, la fantasía de piratas que Elizabeth nunca le confesó a nadie, ni siquiera a su marido. Roger habla también de sí mismo, del padre abogado y de la puerta cerrada del sótano que le enseñó, siendo adolescente, que ciertos matrimonios guardan un pacto invisible.
De vuelta en el despacho, la conversación se vuelve explícita en otro sentido: qué es exactamente el estilo de vida, quiénes lo practican, qué separa el juego del daño. Elizabeth pregunta como quien examina un contrato, y él responde con la misma franqueza con la que negoció su divorcio: no hay club ni papeles, se puede parar cuando se quiera, la clave es la confianza y hay gente con la que no conviene tratar. Le da una palabra de seguridad antes de tocarla. Detrás de una estantería que gira sobre bisagras silenciosas aparece el resto de la respuesta, y con ella el momento en que Elizabeth deja de preguntar.
Este primer volumen —articulado en nueve capítulos breves— reparte el punto de vista entre los dos protagonistas, de modo que el lector ve a la vez el cálculo de Roger y el vértigo de Elizabeth, y entiende que la rendición se está construyendo desde ambos lados. Es una historia sobre el momento exacto en que una mujer decide dejar de portarse como se espera de ella: la tensión no viene de la amenaza, sino del consentimiento que ella misma va concediendo, frase a frase, hasta que ya no hay marcha atrás que desee.
Contenido erótico explícito con temática de dominación y sumisión. Destinado exclusivamente a lectores adultos.