Un intercambio de mensajes entre dos desconocidos se convierte, noche tras noche, en una historia de amor escrita a golpe de pantalla. Morgane Ortin monta con cientos de conversaciones anónimas reales el relato de un encuentro que empieza…
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Un intercambio de mensajes entre dos desconocidos se convierte, noche tras noche, en una historia de amor escrita a golpe de pantalla. Morgane Ortin monta con cientos de conversaciones anónimas reales el relato de un encuentro que empieza con un número de teléfono y crece hasta rozar lo irreversible, justo cuando aparece una fecha de caducidad.
Todo arranca con una frase suelta enviada de madrugada: «¿Quieres mi número? Lo quieras o no, aquí lo tienes». A partir de ese gesto mínimo, dos personas de las que nunca sabremos el nombre empiezan a escribirse. Se mandan música —las Vexations de Satie, la canción más antigua del mundo—, fragmentos de cartas de Nabokov y de Flaubert, consejos para dormir después de tres horas de sueño, confesiones sobre el deseo y las fantasías. Los días pasan marcados por fechas escuetas, del 14 de enero en adelante, y entre una y otra se abren silencios que pesan tanto como las palabras.
Él viene de una ruptura larga y se ha prometido tiempo, contención, prudencia. Ella sostiene la espera hasta que deja de poder: una noche de fiesta, una chica al lado de él, y la necesidad de decir en voz alta lo que hasta entonces solo existía en forma de mensaje. Lo que sigue es la negociación íntima de dos personas que se gustan más de lo que se atreven a admitir —el placer de la moderación, la discusión sobre la pareja y la libertad, los cruces por sorpresa en un bar, un domingo de beicon y rosas, la conversación entera borrada por accidente—. Cuando por fin las cosas se aclaran y él escribe la carta que lo entrega todo, ella responde con una noticia que lo cambia de sitio: en tres meses se va a vivir al extranjero.
De ahí nace la apuesta que da forma a la segunda parte: no esperar, no medir, no protegerse. Precipitarse a sabiendas de que hay un final con fecha, y decidir que vale la pena igual. «No me apetece que nos rompamos el corazón antes de habernos amado.»
Detrás de esta historia hay un procedimiento poco común. Morgane Ortin, editora formada en Literatura y responsable durante años de la publicación de correspondencia de grandes escritores franceses, abrió en 2017 la cuenta de Instagram @amours_solitaires para recoger mensajes de amor anónimos. Llegaron a centenares cada día. Al leerlos seguidos descubrió que entre mensajes escritos por personas distintas, que jamás se respondieron entre sí, se tendían vínculos: declaraciones, discusiones, réplicas. Seleccionó 278 de esas contribuciones y las ensambló como piezas de un rompecabezas hasta componer una única historia de amor. «Hubieran podido escribirse miles de historias de amor diferentes con la preciosa materia prima de la que disponía. Yo he elegido la que sigue.»
El resultado funciona a la vez como novela epistolar contemporánea y como manifiesto. Ortin lo escribe sin rodeos en el prólogo: contra el rumor de que las letras han muerto y la imagen ha sustituido a la palabra, y contra la idea de que ser romántico está mal visto. Su tesis es que la escritura amorosa no ha desaparecido, sino que se ha mudado a otro soporte, y que en los teléfonos circula cada día una cantidad de literatura íntima que nadie está mirando. Amores solitarios la mira. Y al hacerlo, convierte lo que iba a perderse entre capturas de pantalla en algo compartido: los amores solitarios, dice la autora, se vuelven solidarios.
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