Una publicista española que vive en Panamá cree reconocer, en la fotografía de un desconocido que le escribe por internet, al hombre de cabellera blanca que había visto años antes en un sueño.
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Una publicista española que vive en Panamá cree reconocer, en la fotografía de un desconocido que le escribe por internet, al hombre de cabellera blanca que había visto años antes en un sueño. Escrita en primera persona y construida a partir de la correspondencia real entre ambos, esta crónica autobiográfica reconstruye cómo una historia de amor a nueve mil kilómetros de distancia se convierte, correo a correo, en una lección sobre la diferencia entre amar a alguien y amar la idea que nos hemos hecho de esa persona.
Isabela vive en Panamá, dirige el departamento creativo de una agencia de publicidad y ha ordenado su vida en torno a una intuición: que el amor verdadero llegará cuando tenga que llegar, y que reconocerá al hombre indicado por señales que ella sabe leer. Ha tenido siempre sueños premonitorios, y uno de ellos —un desconocido de cabellera blanca que viene de otro país a decirle que la ama— la deja despierta durante meses en una espera ansiosa que le impide disfrutar del presente. Una enfermedad grave y sin diagnóstico la deja postrada, lejos de su familia, con las horas vacías de la convalecencia por delante. Entonces cede a la insistencia de una amiga y se inscribe en un sitio de citas. En diciembre de 2006 recibe el mensaje de un hombre llamado Mario. Cuando por fin se descarga su fotografía, el pelo blanco del sueño está ahí.
Lo que sigue se cuenta casi íntegramente con los correos que ambos intercambiaron. Mario es viudo, tiene dos hijos pequeños, trabaja desde hace diecinueve años en la misma empresa y saca tiempo de la madrugada para escribirle después de cocinar, planchar y acostar a los niños. Su historia familiar es de una desdicha desbordante: una suegra hostil, una mujer que falsificó su firma en el banco, una familia política que se desentendió de los huérfanos. Isabela, que nunca ha vivido cerca de un entorno así, se conmueve; su compasión se mezcla con un impulso protector casi maternal. En paralelo, la relación se acelera a una velocidad que ella misma pide frenar y que él justifica como enamoramiento incontenible. Hay rosas que llegan a la oficina, llamadas de tres horas, videoconferencias en las que los niños asoman a la pantalla y la casa entera aparece recorrida por un portátil. Hay también, muy pronto, una petición que la incomoda: que le confirme su segundo apellido, la dirección de su empresa, sus teléfonos, junto a la advertencia de que no pregunte por qué.
Ese es el pulso del libro. La narradora escribe desde después, sabiendo cómo termina, y por eso cada capítulo alterna el avance de la historia con la revisión de sus propias decisiones. Cuenta la boda que se canceló a un mes de la fecha, el vestido del que tuvo que deshacerse, el voluntariado en un hogar de acogida donde descubrió que dar de comer a otra persona podía reordenarle la vida entera. Cuenta la escena, imborrable, del vecino que se lanzó al vacío a dos metros de donde ella estaba. Y cuenta, sobre todo, las veces en que oyó su propia voz interior y decidió no escucharla, porque escucharla habría estropeado la fiesta.
De ahí que la pregunta que organiza el relato no sea qué le hicieron, sino qué construyó ella: si estaba enamorándose de un hombre o de un personaje que él escribía a medida, si la distancia no fabricó un ideal que ningún cuerpo real habría podido sostener. El texto se detiene una y otra vez en esa mecánica —la fantasía como negación del presente, la ilusión que acalla la corazonada— y la convierte en el verdadero asunto del libro. La historia de amor y desamor está aquí, con sus fechas y sus asuntos de correo intactos; pero lo que la autora se propone contar es el aterrizaje forzoso de todas sus ilusiones y el camino que empezó justo después.
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