Breve colección de relatos y poemas de José David Rodríguez que reúne cinco piezas unidas por un mismo hilo: el amor que se pierde y la manera en que ese duelo reordena una vida.
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Breve colección de relatos y poemas de José David Rodríguez que reúne cinco piezas unidas por un mismo hilo: el amor que se pierde y la manera en que ese duelo reordena una vida. Alternando prosa confesional y verso narrativo, el libro va del hombre que renuncia a buscar la felicidad al que la encuentra y la conserva sesenta años, pasando por una muerte contemplada desde fuera del propio cuerpo. Una obra íntima, de tono melancólico y factura sencilla, escrita a la memoria de un amigo.
«Amores prohibidos y otros cuentos» reúne cinco piezas breves —tres en prosa, dos en verso— que funcionan menos como un conjunto de historias independientes que como variaciones sobre un solo tema: qué queda de una persona cuando el amor que la sostenía desaparece.
El libro abre con «No hay camino a la felicidad», el monólogo de Joseph Croiser, un hombre que repasa hacia atrás las tres pérdidas que lo definieron. Primero la muchacha de la adolescencia que nunca lo miró; después la mujer que lo rescató del alcohol y de sí mismo, y a la que una enfermedad se llevó de madrugada; por último, el reencuentro tardío y ya sin emoción con unos padres a los que llevaba cinco años sin ver. El hallazgo casual de una carta olvidada en un bolsillo obliga al narrador a admitir que sí fue amado alguna vez, y la pieza se cierra con una conclusión que el resto del libro pondrá a prueba: que no existe un camino hacia la felicidad porque cada quien decide la suya.
«Amores prohibidos», el relato que da título al conjunto, retoma a Joseph en clave de balada. Escrito en versículos breves y de sintaxis arcaizante, cuenta cómo el protagonista abandona su casa y da dos vueltas al mundo buscando a Margot de Vilachelo, muerta hace tres años, sin detenerse a mirar las tierras que atraviesa. El poema juega con la ambigüedad de un hombre «muerto no literal, sino espiritual» y desemboca en un reencuentro que es a la vez consuelo y liberación.
«El día en que morí» cambia por completo de perspectiva. Un narrador contempla desde fuera a un hombre conectado a máquinas en una cama de hospital, se cruza con un viejo amigo que lo acompaña sólo hasta cierto punto del camino, ve desfilar su propia vida —la guitarra aprendida a costa de los dedos, la deuda pendiente con sus padres— y sólo al reconocer su reflejo entiende de quién es el cuerpo que agoniza. La pieza está dedicada a la memoria de Sergio Castillo, presencia que atraviesa también los agradecimientos del libro.
«El amor de mis sueños» ofrece el contrapeso luminoso del volumen. Louis y Dayana, novios recientes que se conocen desde la secundaria, salen a caminar una noche fría de diciembre; una fotografía enmarcada sobre el dintel de la puerta, unos besos bajo un farol antiguo y una canción improvisada bastan para fijar el instante. Un salto de sesenta años convierte la escena en el testamento de un hombre que sobrevive a su mujer y escribe a sus hijos para decirles que, con problemas y todo, la vida fue buena.
Cierra «Vuelve», un poema a dos voces en el que la persona amada contesta por fin y lo hace con frialdad: no volverá, y el destino del que espera ya está escrito. El libro termina así donde empezó, con una despedida que deja la puerta entornada.
Escrita con un lenguaje directo, imágenes de tradición romántica —faroles, cementerios, mares, narcisos sobre una lápida— y una puntuación libre que acerca el texto al cuaderno personal, la obra se presenta desde sus agradecimientos como un ejercicio compartido: cada amigo citado aporta una frase que anticipa el tono del conjunto. El resultado es un volumen corto, desigual en registro por decisión propia, que interesará a quien busque literatura sentimental de voz joven y confesional, más atenta a la emoción reconocible que al artificio formal.
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