Isabel Vélez lleva casi seis años atendiendo la recepción de un estudio de tatuajes: abre la tienda antes que nadie, conoce a cada cliente por su nombre y ha hecho de esa rutina un refugio tan cómodo como asfixiante.
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Isabel Vélez lleva casi seis años atendiendo la recepción de un estudio de tatuajes: abre la tienda antes que nadie, conoce a cada cliente por su nombre y ha hecho de esa rutina un refugio tan cómodo como asfixiante. Su madre la llama dos veces al mes para recordarle que se ha "sobrepasado". Entonces cruza la puerta Luis —mecánico, mejor amigo de su hermano y el amor que ella nunca confesó—, y la rutina deja de protegerla.
Todo empieza con un sonido: el de unas llaves cayendo en la palma de una mano dentro de una tienda todavía a oscuras. Isabel Vélez llega siempre primero, asegura la puerta, no enciende las luces de la entrada y se concede unos minutos de silencio antes de que lleguen Andrés, el dueño, y Josué, el tatuador más solicitado de la ciudad. En ese estudio no dibuja nada: recibe, limpia, contesta correos, ordena citas y escucha quejas. Lo hace bien y lo quiere, aunque haya empezado a sospechar que su vida cabe entera en la media hora previa a la apertura.
La primera grieta llega por teléfono. Maura, su madre, mide el éxito en solicitudes universitarias y en el ejemplo intachable de Leonel, el hermano mayor. Para ella, los tatuajes que Isabel lleva en los brazos, el pecho y la garganta no son un estilo sino una advertencia, y la palabra que repite —“sobrepasarse”— funciona como sentencia. La novela trabaja ese pulso con más matices de los que la discusión aparenta: Maura crió sola a dos hijos siendo casi una niña, y su dureza convive con un sacrificio real; Isabel lo sabe, se lo agradece y aun así elige no volver a casa en Navidad.
La segunda grieta empuja la puerta de vidrio grueso y hace sonar las campanillas. Luis tiene veintiséis años, las manos manchadas de aceite, pánico a las agujas y la decisión, largamente pospuesta, de hacerse su primer tatuaje. Lo que no esperaba era encontrar detrás del mostrador de mármol a la hermana menor de su mejor amigo, esa muchacha a la que aprendió a mirar de reojo durante una década y a la que Leonel declaró, sin decirlo del todo, territorio prohibido. Isabel le consigue una cita anticipada; él acepta un tatuaje que ya no le importa, y antes de irse la invita a una tarde de piscina en su casa, un sábado, cuando Leonel estará ocupado con un coche viejo.
La autora alterna los capítulos entre las dos voces, y ese vaivén es el motor del libro: cada uno cree estar guardando un secreto que el otro lleva años guardando también. Alrededor del deseo se ordenan los demás temas —la lealtad entre hermanos, el amigo que protege de más, la mirada ajena sobre un cuerpo tatuado, la distancia de clase entre una casa recién renovada y un apartamento pagado con sueldo de recepcionista—, hasta que el vestido fucsia elegido frente al espejo se convierte en una declaración: Isabel deja de esconderse. Romance contemporáneo de tensión lenta y registro sensual explícito, dirigido a público adulto.
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