Anna Leslie diseña los fuegos artificiales más espectaculares del país, pero fuera del laboratorio apenas se atreve a ocupar el espacio que le corresponde.
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Anna Leslie diseña los fuegos artificiales más espectaculares del país, pero fuera del laboratorio apenas se atreve a ocupar el espacio que le corresponde. Cuando su jefe la obliga a asistir a la fiesta anual de la empresa bajo amenaza de recortarle el presupuesto, decide convertir esa noche en un experimento distinto: dejar de esconderse. Lo que no calcula es el efecto que producirá sobre el nuevo vicepresidente de marketing, ni el que él producirá sobre ella. Una comedia romántica de tono sensual sobre una científica brillante que descubre que el deseo no obedece a ninguna ecuación conocida.
En un rincón de Maine donde el invierno se disuelve en barro antes de dar paso a las moscas negras, Anna Leslie dirige el departamento de investigación y desarrollo de Frontier Fireworks. Su oficio es una rareza feliz: mezcla química, física y termodinámica con un instinto casi artístico heredado de una tradición milenaria. Persigue un azul más vibrante y duradero, trabaja hasta olvidarse de arrancar las hojas del calendario y confía en su ayudante, Jane, para recordarle que existe un mundo fuera del laboratorio. Dentro de la bata blanca, Anna es imbatible. Fuera de ella, una mujer de metro ochenta, pelirroja y de figura imposible de ignorar, ha aprendido a encogerse para que los demás estén cómodos.
La novela arranca con un ultimátum. El fundador de la compañía, Lyle Grant —ruidoso, tosco y sin la menor intención de aceptar otra excusa dental—, le comunica que este año asistirá a la fiesta de aniversario o se quedará sin fondos. La amenaza funciona como un detonador. En lugar de resignarse, Anna emplea la tarde libre en un plan de campaña propio: un tratamiento de belleza completo, un vestido rojo de inspiración años veinte, tacones que la vuelven aún más alta y un puñado de manuales de comunicación, lenguaje corporal y mala conducta femenina comprados con la seriedad de quien aborda una revisión bibliográfica. Su hipótesis es sencilla: si la conducta humana se rige por leyes, bastará con identificarlas para predecir y dirigir sus efectos.
La entrada en la fiesta es el primer resultado del experimento, y es concluyente. Anna cobra pieza a pieza lo que llevaba tres años sin pedir —una plaza de aparcamiento decente incluida— y descubre que el poder, administrado con humor, resulta embriagador. Es entonces cuando aparece Jay Whitman, el flamante vicepresidente de marketing, que la observa desde el otro extremo del salón y construye sobre ella toda una teoría equivocada. Convencido de estar ante una acompañante contratada, se acerca con una oferta y recibe a cambio una lección de retórica impecablemente educada y absolutamente demoledora. La mujer a la que acaba de subestimar es la científica esquiva cuya firma ha visto en los informes financieros de la empresa.
De ese malentendido humillante nace la verdadera reacción en cadena. Jay, incapaz de retirarse, se ofrece como material de estudio para la nueva línea de investigación de Anna; ella acepta un desafío que, como todos, no sabe rechazar. Lo que sigue es una atracción que se resiste a cualquier modelo previo, con la protagonista tomando notas mentales sobre variables que se niegan a comportarse. Charlene Teglia construye una comedia romántica de registro adulto y ritmo ágil, sostenida por un diálogo afilado y por una protagonista cuya inteligencia nunca se sacrifica en favor del romance: la trama avanza a la vez como historia de deseo y como relato de una mujer que aprende a pedir en voz alta lo que quiere. El resultado juega con una ironía sostenida —la especialista en explosiones controladas enfrentada a la única combustión que no puede calcular— y confirma que enamorarse, como sospecha Anna, resulta bastante más complicado que la física nuclear.
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