En la cafetería de su tío, Lydia lleva diez años sirviendo cafés y coleccionando las historias ajenas que cruzan la puerta. Entre todas hay una que la desvela: la del chico silencioso que cada lunes y cada viernes ocupa la última mesa,…
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En la cafetería de su tío, Lydia lleva diez años sirviendo cafés y coleccionando las historias ajenas que cruzan la puerta. Entre todas hay una que la desvela: la del chico silencioso que cada lunes y cada viernes ocupa la última mesa, pide un café solo sin azúcar y mira la calle durante exactamente una hora. Cuando descubre qué —o a quién— busca esa mirada, un gesto mínimo, un trozo de tarta que nadie ha pedido, basta para torcer la rutina de los dos.
«AMOR, ¿solo o con leche?» es un relato breve de K.E.M. levantado sobre una premisa mínima: el mostrador de un bar y la distancia exacta que separa a quien sirve de quien es servido.
El escenario es una cafetería de barrio con mesas de hierro negro, patas barnizadas en ocre y grandes cristaleras abiertas a una calle peatonal que funciona como escenario permanente. Lydia trabaja allí desde los diecisiete años; una década después conoce el local mejor que su propia biografía y lee a la clientela —parejas, ancianos, familias ruidosas— como quien relee el mismo libro cada tarde. El único que se le resiste es un cliente joven que aparece los lunes y los viernes a las seis, siempre solo, siempre con auriculares y una mochila en la silla contigua, pide un café solo sin azúcar y se marcha a las siete en punto sin haber dicho nada.
De la observación nace la ficción: Lydia le inventa una historia, lo espera, organiza su semana alrededor de esas dos horas. La tarde en que él se retrasa y ella se sienta por primera vez en la mesa del fondo, comprende que aquel rincón oscuro no era un capricho de misántropo sino un puesto de vigilancia: desde allí se ve un ángulo muerto de la terraza vecina que ninguna otra mesa alcanza. Lo que él mira, tarde tras tarde, tiene nombre y tiene compañía.
El descubrimiento no desemboca en confesión ni en escena, sino en un gesto: un trozo de tarta de chocolate que nadie ha pedido, servido a alguien que declara no soportar el dulce. En el diálogo escueto que sigue —seco por parte de él, deliberadamente ligero por parte de ella— se cifra la idea que sostiene el relato: hay cosas que entran mejor cuando no van solas. Ella lo dice del azúcar; los dos saben que habla de otra cosa.
Después llega la elipsis. Seis meses de puerta que se abre y no es él, de esperanza administrada en dosis cada vez menores, hasta un martes cualquiera. El regreso se resuelve con dos detalles: el pelo cortado y, sobre todo, la mesa elegida, esta vez en el centro, junto a la barra, de espaldas a la ventana.
K.E.M. firma una historia de amor sin declaraciones, atenta a los objetos —los manteles que le robaron el color al local, la libreta innecesaria, la taza— y confiada en que quien lee complete lo que los personajes callan. Una lectura corta sobre la diferencia entre mirar hacia fuera y mirar de frente, y sobre el instante en que alguien decide, por fin, probar algo nuevo.
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