Ela tiene veintiún años, un futuro decidido por los ancianos de su tribu y una sola manera de esquivarlo: correr. Marco es un francotirador retirado que se refugió en una cabaña helada para que la guerra dejara de perseguirlo mientras…
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Ela tiene veintiún años, un futuro decidido por los ancianos de su tribu y una sola manera de esquivarlo: correr. Marco es un francotirador retirado que se refugió en una cabaña helada para que la guerra dejara de perseguirlo mientras duerme. Cuando él la encuentra herida y desnuda dentro de un olmo hueco, cada uno se convierte en el escondite del otro. Amor Salvaje, de Jess Fonseca, es un romance paranormal de voz alternada donde el deseo llega antes que la confianza y los secretos —los de ella, sobrenaturales; los de él, muy humanos— maduran a la par del vínculo.
En el bosque canadiense, a pocos kilómetros de Alaska, un hombre tala pinos secos hasta que un quejido lo detiene. Espera encontrar un animal agonizante; encuentra a una mujer inconsciente, con una bala alojada en la cadera y ninguna explicación creíble de cómo llegó hasta allí. Se llama Ela, se niega rotundamente a pisar un hospital y no menciona familia alguna. Él se llama Marco, hereda la cabaña de su abuelo, vive con un husky siberiano y sabe de heridas más de lo que quisiera: la guerra le dejó una pierna y media, un amigo muerto en un jeep iraquí y una pesadilla que se repite casi todas las noches.
La novela avanza en capítulos de voz alternada, y esa estructura es su mayor acierto: el lector conoce las dos mentiras antes de que los protagonistas las compartan. Ela procede de una comunidad aislada que respeta con rigidez las líneas de sangre, donde su especie —escasa, apenas cuatro miembros— la destinó desde antes de nacer a emparejarse con Semai, alguacil temido por su brutalidad. Las cicatrices de su espalda son el precio documentado de haber desafiado a los mayores una vez. Su fuga aprovecha una luna en cuarto creciente, la enfermería ocupada por un guardián herido y el hecho de que nadie, en años, había intentado marcharse.
Marco carga con lo suyo. La primera escena del libro no es romántica sino militar: una azotea en ruinas, cinco horas boca abajo, un disparo autorizado y, después, una emboscada que termina de la peor manera posible. Se define a sí mismo sin adornos —no un héroe, sino un asesino— y esa convicción organiza buena parte de su conducta: se contiene, se pone excusas endebles, inventa horarios de autobús para retener a Ela unos días más.
El contraste entre ambos mundos genera el registro más luminoso de la obra. Ela descubre el agua caliente, el champú, la chocolatada, las galletas, una ciudad con edificios y bocinas; toma tres galletas de golpe porque en la tribu quien no reclama su porción se queda sin ella. Fonseca usa esos detalles domésticos para medir cuánto le costó a su protagonista lo poco que tuvo, y para sostener la tensión: cada asombro es también una pista que Marco no termina de interpretar.
El índice anuncia hacia dónde va todo esto —tentación, calabozos, depredadores, una misión de rescate, sangre bajo las uñas— y el prólogo lo dice sin rodeos: la fuga fue el comienzo, no el final. Amor Salvaje es una lectura adulta, con sensualidad explícita y episodios de violencia bélica y coacción comunitaria, dirigida a quien disfruta del romance paranormal de pareja fuerte, protagonistas dañados y una pregunta que el propio libro formula: cuánto se puede correr antes de que el pasado vuelva a encontrarte.