Novela de J.A. Peláez Thomas en la que la muerte, narradora y testigo, sigue durante décadas a Miquel: un hombre que nació en el instante exacto en que su madre expiraba y que desde entonces quedó marcado por esa frontera.
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Novela de J.A. Peláez Thomas en la que la muerte, narradora y testigo, sigue durante décadas a Miquel: un hombre que nació en el instante exacto en que su madre expiraba y que desde entonces quedó marcado por esa frontera. La guerra le arrebata la infancia en Madrid, el exilio lo empuja al otro lado del océano y el amor —encarnado en Sofía— le ofrece la única forma de resistencia que la muerte no comprende. Entre el duelo de una habitación a media luz y la memoria de una casona de provincia, la obra pregunta si amar es la manera más exacta de vencer al olvido.
“Amor, Para Bien Morir” arranca donde suelen terminar otras historias: en un cuarto a oscuras, con las cortinas moviéndose como pequeñas olas y un hombre sentado frente a la mujer que ama, ya sin vida. Miquel fuma, repite una frase —“te amo, como nunca jamás creí hacerlo”— y pone un disco en la consola Telefunken que compraron juntos hace apenas unos meses. Suena un vals de Agustín Lara, y en un rincón de la habitación, cruzada de piernas y con una sonrisa seca, la muerte lo observa. No es un espanto ni una alegoría distante: es una vieja conocida, casi una amiga, que ha venido a cobrar y a conversar mientras alguien sube por la escalera gritando el nombre de Sofía.
Desde ese preámbulo, la novela retrocede para explicar por qué esa presencia lleva tanto tiempo siguiéndolo. Miquel nació en un instante suspendido entre dos abismos —la última exhalación de su madre y su primer aliento— y en ese latido compartido la muerte, por única vez, dudó. Lo que sigue es la crónica de esa curiosidad: una infancia devorada por la guerra en Madrid, los sonidos de bala y de refugio, los amigos que no volvieron, una noche con una navaja que nunca terminó de soltarse, un exilio que lo lleva a una tierra nueva donde la vida se desborda en colores, música y calor. Y, al final de ese trayecto, el amor, esa fuerza que enciende la existencia y que la muerte no puede poseer ni entender.
Paralelamente, la obra abre una segunda puerta hacia una casona de patios encadenados en el pueblo de San Andrés: jardines de hortensias y jazmines, un piano de media cola que espera notas, una pileta bajo un naranjo y, al fondo de un corredor semioscuro, un cuartito que los niños del barrio bautizaron “la cueva”. Ahí, Sebastián Lorente, trece años, cuenta los diez pasos que lo separan del altar donde su abuelo Alfonso reza entre veladoras temblorosas. Es un mundo de retos infantiles, apodos crueles, tamales cocidos en anafre y anécdotas familiares que la abuela Soledad se encarga de desmentir con puntualidad. También es un mundo con rumores: una señora que sonríe desde el fondo del cuarto, voces que alguien juró escuchar. La infancia como primer territorio donde lo invisible se deja sentir.
La escritura se apoya en una prosa de largo aliento, atenta al detalle sensorial —la luz flaca de la luna sobre unas sábanas, el olor a cera caliente, el sonido de unos tacones al llegar a casa— y en un narrador que alterna la ternura con la ironía fría de quien ya lo ha visto todo. Hay guerra, exilio, celos y violencia, pero el centro de gravedad es doméstico: lo que queda de una persona cuando se va, y qué hacemos con ese resto. Los capítulos avanzan entre el duelo presente y la memoria acumulada, dejando que el lector arme por su cuenta el puente entre la habitación de Ciudad de México y el corredor de San Andrés.
Más que una historia sobre morir, es una historia sobre la insistencia de amar a pesar de saber cómo termina todo. La muerte, que no siente ni ama, se queda a mirar porque intuye que aquí hay algo que se le escapa. Esa curiosidad suya es también la del lector: averiguar qué ocurrió en ese cuarto, quién es el hombre que patea la cerradura y por qué lo llama “francés”, y si de verdad existe una forma de trascender que no dependa de seguir respirando.
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