Amor, treintañera, llega sola a Mallorca con una ruptura de diez años a cuestas y el firme propósito de no enamorarse de nadie. Sebastian, alemán afincado en la isla, arrastra una relación de conveniencia que ya no le sostiene.
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Amor, treintañera, llega sola a Mallorca con una ruptura de diez años a cuestas y el firme propósito de no enamorarse de nadie. Sebastian, alemán afincado en la isla, arrastra una relación de conveniencia que ya no le sostiene. Entre insolaciones, llamadas con su mejor amiga y noches de verano, dos vidas averiadas empiezan a cruzarse.
Hay viajes que se emprenden para huir y terminan siendo el principio de otra cosa. Amor —así la llamaron sus padres, para desgracia de cualquier amante despistado— aterriza sola en Mallorca con un apartamento de seis plazas alquilado para ella misma, un billete de vuelta cerrado y la determinación algo frágil de aislarse del mundo. Detrás quedan una relación de más de diez años rota sin ceremonia, un trabajo abandonado, cinco kilos de ansiedad y la casa de sus padres convertida en un recordatorio permanente de lo que ya no está. Delante, un sofá al que acabará bautizando, un insomnio que no cede y la certeza incómoda de que todo —un paquete de pasta, una botella de vino, un pájaro— conduce de vuelta al hombre cuyo nombre se ha prohibido pronunciar.
El relato avanza en primera persona y alterna su voz con la de Sebastian, alemán que llegó a la isla de vacaciones hace más de una década y se quedó: primero como relaciones públicas de discoteca, luego como profesor de alemán en invierno, siempre dentro de una rutina que empieza a pesarle. Su relación con Marina es un pacto tácito de conveniencia que ninguno de los dos ha querido nombrar y que ambos, a su manera, están agotando. Los capítulos se turnan como dos orillas de la misma playa, y el lector reconoce mucho antes que ellos las corrientes que los empujan al mismo punto.
Lo distintivo de esta novela no es el trazado del encuentro, sino el tono con que se cuenta: una comicidad desacomplejada, coloquial y a ratos deliberadamente grosera, que convierte una insolación de manual, una visita a urgencias entre turistas maltrechos y una videollamada indecorosa con la mejor amiga en episodios de humor sin restarles verdad emocional. Alex —Pili para las bromas— es el contrapeso exacto: consejo brutal, cariño reticente y una insistencia bienintencionada en que la vida sigue. Alrededor, la familia funciona como coro incómodo: la hermana perfecta que juzga, la hermana mayor que entiende porque también le tocó sufrir, unos padres que echan más de menos al ex que la propia hija.
Bajo la risa late una pregunta seria, la que da título al libro: si lo que llega después de la pérdida es amor o simple casualidad; si el azar decide por nosotros o si, como sostiene el prólogo, cada cual dirige el rumbo de su vida aunque el universo insista en ponerlo a prueba. Es un relato sobre la reconstrucción lenta de una mujer que se define luchadora y con mala suerte, sobre el duelo que no se resuelve con pastillas ni con tarot, y sobre la posibilidad —discutida, temida, aplazada— de volver a empezar en una isla en plena temporada alta.
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