Noehnia, una joven escritora, pierde el manuscrito de su primera novela y lo recupera de las manos de un visitante imposible: un íncubo de ojos esmeralda que entra a su casa cada noche, cierra la puerta que ella olvida y lee lo que ella…
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Noehnia, una joven escritora, pierde el manuscrito de su primera novela y lo recupera de las manos de un visitante imposible: un íncubo de ojos esmeralda que entra a su casa cada noche, cierra la puerta que ella olvida y lee lo que ella escribe. Entre la curiosidad y el miedo, la dueña de la casa termina aceptando la compañía de un demonio que asegura no querer hacerle daño y que confiesa, con inquietante calma, que ella es la primera persona a quien visita.
Todo empieza con un descuido. Noehnia se queda dormida en la rama de un árbol del parque, con el manuscrito de su primera novela en el regazo, y vuelve a casa sin él. Revuelve la estantería, la cocina, la recámara: nada. Esa noche los ladridos de Amaranto, el husky que adoptó y que entra y sale a su antojo, la llevan hasta la puerta, donde alcanza a ver una sombra antes de tropezar y perder el conocimiento.
Lo que sigue no es un asalto, sino una intromisión educada y desconcertante. Un joven vestido de negro —tez muy blanca, cabello de cuervo, ojos de un verde tenue— aparece sentado a los pies de su cama con el libro perdido en las manos y una crítica ya lista: la historia es buena, aunque enreda demasiado al lector. Ha sido él quien cierra cada noche la puerta que ella olvida. Sabe su nombre y sus manías. No es humano y no lo niega: es un íncubo.
A partir de ahí la novela se instala en un registro doméstico y nocturno. Mientras Noehnia recibe a su madre, la lleva a los museos y le miente a medias sobre el libro recuperado, su visitante regresa cada madrugada: alimenta la chimenea, arropa a la joven con un movimiento de los ojos, destierra al perro bajo la mesa del comedor y se sienta a leer el manuscrito en el mini estudio. La atracción es inmediata y mutua, y ninguno de los dos se atreve a nombrarla.
El interrogatorio llega tarde, en la cocina, a la luz de una lamparita. Él le explica lo que los libros de ella no dicen: los íncubos fueron espíritus desterrados, necesitan energía humana para permanecer en el mundo terrenal y sólo disponen de dos caminos, visitar a una persona muchas veces o consumirla de una sola vez. Cuando Noehnia insiste en contar sus víctimas, la respuesta desarma cualquier cálculo: es la primera persona a quien visita. La luz de la recámara donde duerme su madre se enciende justo entonces, y el relato queda suspendido sobre la pregunta que la autora plantea desde el prólogo: qué ocurre cuando el amor no viene del cielo.
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