Un empresario de la Ciudad de México viaja a un pueblo colonial de Chiapas buscando descanso y encuentra, en cambio, el desconcierto de un sentimiento que no sabe nombrar.
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Un empresario de la Ciudad de México viaja a un pueblo colonial de Chiapas buscando descanso y encuentra, en cambio, el desconcierto de un sentimiento que no sabe nombrar. La novela sigue a David Gallardo desde su llegada a Arcobello hasta el choque con Abigail Díaz, la cuñada de su mejor amigo: una enfermera comprometida cuya sonrisa lo desarma y cuyo rechazo lo hiere en el orgullo. Narrada en primera persona, es una historia sobre el amor inoportuno, la soledad de quien se convirtió en esclavo de su propio éxito y el descubrimiento de lo que significa pertenecer a una familia.
David Gallardo lleva cuatro años sin tomarse vacaciones. Desde que fundó su empresa de bienes raíces en la Ciudad de México, el trabajo se volvió un yugo que él mismo se ató al cuello, y el cuerpo empieza a cobrarle la factura. Cuando por fin cede, elige un destino improbable: Arcobello, un pueblo de calles empedradas y arquitectura colonial escondido entre las montañas de Chiapas, donde vive Roberto Sosa, el amigo de la infancia que durante años lo invitó sin éxito.
El viaje es una humillación anunciada —siete horas de curvas, calor húmedo y un autobús sin aire acondicionado— pero termina con dos revelaciones simultáneas: la belleza del pueblo al atardecer y una joven de cabello castaño que le sonríe desde el otro extremo del camión. Esa mujer resulta ser Abigail Díaz, enfermera, vecina de Roberto, hermana menor de su esposa Rosa. Y está comprometida con un hombre llamado Rubén.
Lo que sigue no es un cortejo sino una confusión. David, acostumbrado a controlar cada variable de su vida, descubre que no controla nada de lo que le ocurre por dentro: la decepción irracional al escuchar el nombre del prometido, la punzada de celos ante la sola idea de un vestido de novia, el orgullo masculino aplastado cuando Abigail le cierra una puerta en la cara sin explicación. Él espera una hora entera afuera de la clínica solo para reclamarle, y cuando ella aparece no logra articular una palabra.
Alrededor de ese desencuentro se despliega el verdadero descubrimiento del protagonista: la familia Díaz. Nueve hermanos, esposos, sobrinos, una hacienda a quince kilómetros del pueblo donde todos se reúnen cada sábado sin faltar nadie. David, huérfano de padre y madre, con un tío ausente por único pariente, se encuentra recibido con una calidez que le hace un nudo en la garganta y que lo obliga a medir el tamaño exacto de su propia soledad. El narrador deja caer, casi de paso, que esa bienvenida cambiará más adelante —una sombra que se proyecta sobre todo lo que viene.
Contada íntegramente desde la voz de David, con la franqueza de quien se burla de sí mismo mientras se desmorona, la novela avanza sobre una pregunta que el protagonista no se atreve a formular en voz alta: por qué duele tanto el desdén de una desconocida, y qué se hace con un sentimiento que llegó tarde y en el lugar equivocado.
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