Aaron Fields, un joven psicólogo recién titulado, recibe un correo imposible: la familia Spencer quiere contratarlo. Al otro lado del encuentro está John, décimo conde de Spencer, un hombre agotado por las migrañas, el insomnio y el peso…
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Aaron Fields, un joven psicólogo recién titulado, recibe un correo imposible: la familia Spencer quiere contratarlo. Al otro lado del encuentro está John, décimo conde de Spencer, un hombre agotado por las migrañas, el insomnio y el peso de un título que no eligió. Lo que empieza como un contrato de confidencialidad y una habitación en la mansión de Althorp se convierte en algo más difícil de nombrar: dos personas que aprenden a mirarse sin la coraza puesta.
Aaron Fields se pasa la noche anterior imaginando todas las formas en que puede arruinarlo. Terminó el máster hace un año, vive en un piso compartido que cabría entero en el salón de una casa señorial y, según sus amigos, está a punto de morir de nervios por la posibilidad de conocer en persona a un conde. Porque el correo era real: la familia Spencer requiere sus servicios como psicólogo, y el coche de ventanas tintadas que lo espera en la calle principal no deja lugar a dudas.
El hombre que lo recibe en Althorp es exactamente lo que temía y nada de lo que esperaba. John Spencer, décimo conde, mira el reloj mientras repasa en voz alta datos que podría haber consultado en internet, sonríe con una descaro que parece burla y suelta preguntas como quien tantea el terreno. Aaron, que aprendió en el instituto a no dejarse encoger por desconocidos, se salta el protocolo y le pregunta directamente para qué lo ha llamado. Esa insolencia —y la respuesta honesta que da después, sobre el psicólogo que una vez le tendió el brazo para sacarlo de un pozo oscuro— es lo que le consigue el puesto.
Hay condiciones. Confidencialidad absoluta, un extra en el sueldo para asegurarla y una cláusula que Aaron no vio venir: tendrá que instalarse en la mansión durante semanas, porque un psicólogo entrando y saliendo a diario sería material de portada. Acepta. No tiene planes que cancelar, y algo en aquel hombre le dice que el trabajo merece intentarse.
Lo que Aaron no sabe es que John lo eligió por motivos que ni él mismo se atreve a examinar del todo. Quedaban otros candidatos, mejores sobre el papel. Pero el conde lleva demasiado tiempo sin ver una sonrisa tan limpia, sin sentir por su propio trabajo la pasión que reconoció en los ojos de aquel desconocido torpe con la corbata mal puesta. Detrás del título hay una organización en Sudáfrica que se hunde y a la que se niega a traicionar volviéndose más exigente; un padre que delegó en él los deberes del condado y sigue juzgándolo desde la distancia; un mayordomo, William, que lleva diez años siendo lo más parecido a un amigo sin poder dejar de llamarlo «señor». Y una autoridad, la suya, que él mismo describe como muros de cristal.
La convivencia hace el resto. Una cena en la que a Aaron se le cae el cubierto, un desayuno al que baja en pijama, una habitación con dosel y estampados de rosas que le queda enorme, llamadas nocturnas con su mejor amigo Luke para contarle que el témpano tiene, después de todo, corazón. Entre la formalidad del usted y las sonrisas que ninguno de los dos termina de reprimir, se abre paso una relación que no cabe en el contrato: la del hombre que quiere ayudar y el que lleva años sin dejarse ayudar por nadie.
Narrada a dos voces, alternando la mirada de Aaron y la de John, esta es una historia sobre la distancia que separa a las personas —de clase, de origen, de deber— y sobre lo que hace falta para cruzarla. Sobre el peso de vivir siendo quien esperan las cámaras y la familia. Y sobre la adolescencia robada que algunos empiezan a vivir tarde, cuando por fin encuentran a alguien delante de quien no hace falta fingir.
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