Eliza huye de una familia que ha decidido su futuro por ella y llega a Los Ángeles con dos maletas, una tarjeta de crédito y una plaza en la universidad.
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Eliza huye de una familia que ha decidido su futuro por ella y llega a Los Ángeles con dos maletas, una tarjeta de crédito y una plaza en la universidad. El último piso compartido de su lista —tres chicos, una chica y un sexto sin ascensor practicable— acaba siendo el hogar que nunca tuvo. Entre clases, amistades nuevas y un romance que crece despacio, tendrá que decidir cuánto está dispuesta a perder para seguir siendo ella misma.
Narrada en primera persona, con un tono coloquial que interpela constantemente al lector, esta novela juvenil sigue a Elizabeth Stephen —Eliza— desde el momento exacto en que coge las llaves del coche y deja atrás Dallas. Sus padres han trazado su vida entera: la empresa familiar, un despacho en lo alto, ninguna pregunta. Ella, en cambio, quiere escribir, y ha conseguido plaza en la Universidad de California para estudiar filología inglesa y traducción. La fuga es real, con todo lo que implica: dormir en el coche, calcular cada gasto y buscar habitación entre anuncios desastrosos.
El último piso de la lista es también el primero que se siente habitable. Allí viven Keyla, luminosa y avasalladora; Theo, de pelo azul y desayunos improbables; Ryan, pelirrojo y aficionado a las apuestas de videojuegos; y Niall, estudiante de medicina, que abre la puerta y desordena de inmediato las prioridades de Eliza. Lo que empieza como una visita de tanteo se convierte en cenas en el suelo del salón, mudanzas improvisadas y una rutina compartida donde nadie pregunta demasiado hasta que hace falta.
La historia avanza por los pequeños acontecimientos de un curso: las primeras clases, la amistad inmediata con Clarke —despistada, miope y leal— y con Alex, compañero de facultad; las compras, las fiestas, los enfados. En paralelo, Niall carga con el miedo reciente de la enfermedad de su padre, y esa vulnerabilidad compartida abre el camino a una relación que ambos deciden llevar despacio. El embarazo de Keyla y Theo instala en el piso una alegría colectiva —y también un susto en urgencias a las cuatro de la mañana.
El equilibrio se rompe cuando el pasado de Eliza llama al timbre. Un GPS que olvidó desactivar y una tarjeta demasiado usada bastan para que su padre aparezca en el rellano, y por primera vez debe contar en voz alta de qué huía: el control, las comidas medidas, el maquillaje impuesto a los trece años, la carrera elegida por otros. A partir de ahí, la novela se ocupa de lo que viene después de escapar —los celos mal gestionados, las discusiones que se reparan hablando, la diferencia entre proteger y poseer— hasta llegar a un cumpleaños de febrero, una caja pequeña y una noticia que cambia otra vez todos los planes.
Amor en California es un relato de emancipación contado sin solemnidad: sobre familias que se eligen, sobre el derecho a decidir la propia vida y sobre lo que significa encontrar, por fin, un sitio donde a uno lo esperan para cenar.