Un testimonio íntimo sobre el fin de una relación a distancia vivida en nueve semanas. La protagonista transita desde el dolor del abandono inesperado, pasando por la nostalgia de encuentros fugaces, hasta descubrirse renovada.
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Un testimonio íntimo sobre el fin de una relación a distancia vivida en nueve semanas. La protagonista transita desde el dolor del abandono inesperado, pasando por la nostalgia de encuentros fugaces, hasta descubrirse renovada. Una reflexión sobre cómo el destino nos coloca personas en el camino para enseñarnos que el amor verdadero existe, aunque a veces no tenga un final de cuento de hadas.
Nunca creí en las relaciones a distancia. Ni en sus promesas, ni en su sustancia. Pensaba que el destino no escribía historias así. Pero el destino tiene sus formas de cambiar convicciones. Esta es la crónica de nueve semanas que transformaron esa certeza.
Todo comenzó en una red social, en esos espacios que parecen peligrosos pero que albergan encuentros insospechados. Luego llegó lo inesperado: la necesidad de recorrer kilómetros, de dejar que la imaginación se tornara tangible. Cuando por fin se vieron, el amor no llegó con titubeos sino con una madurez apasionada que desbordó todo cálculo previo. Tocar al otro por primera vez después de meses susurrados en pantallas, descubrir su risa sin filtro, sentir que la piel eriza al compás de otro ser: allí estuvo el paraíso, goteando sobre la realidad cotidiana.
Pero el destino, caprichoso como siempre, también escribe despedidas. Una partida sin explicaciones. Un abandono que duele porque era impensable. Las siguientes semanas devinieron en un viaje tortuoso por el luto: la cama compartida que ya no lo es, las dudas infinitas, la tortura mental de rememorar cada detalle. ¿Cómo se olvida el olor de alguien? ¿La presencia? ¿Ese brillo en los ojos?
Gradualmente, sin alardes, llega la sanación. No por fórmulas mágicas ni consejos de autoayuda, sino por el paso simple del tiempo. Aceptar que las relaciones a distancia exigen más que amor: exigen lucha, dedicación, un empuje que quizá no todos pueden sostener. Reconocer que se luchó con toda el alma, que se amó sin condiciones, y que a veces el amor verdadero no alcanza para quedarse.
En la semana nueve, la protagonista se mira al espejo. Descubre una sonrisa nueva, una mirada brillante, un horizonte con futuro. Ya no espera la llamada. Ya no busca el retorno. Su lado de la cama es suyo nuevamente. Pero a veces, cuando voltea y observa el horizonte, aún espera: por si quiere volver.
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