Judy Taylor está a dos días de casarse con un hombre al que no ama, un inversor encantador que prometió salvar el negocio de su padrastro. Cuando el novio desaparece el mismo día de la boda, un invitado inesperado —el millonario que iba a…
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Judy Taylor está a dos días de casarse con un hombre al que no ama, un inversor encantador que prometió salvar el negocio de su padrastro. Cuando el novio desaparece el mismo día de la boda, un invitado inesperado —el millonario que iba a ser el padrino— la saca de la iglesia todavía vestida de blanco y la lleva a su barco, donde ella descubre que la fuga puede ser el comienzo de su propia vida.
Amor en alta mar arranca con una escena doméstica tensa: una hija que intenta cancelar su boda y una madre que se niega a escucharla. Judy Taylor tiene veintidós años, quiere ser arquitecta y ha pasado la vida entre un internado vigilado y las expectativas ajenas. Su compromiso con Ben Cruz nació de una frase de su padrastro —«sé agradable con él, está pensando en invertir en el negocio»— y creció al ritmo de cenas, bailes y anécdotas de un hombre rico y divertido. Solo cuando el romance exige intimidad, Judy reconoce el rechazo que ha estado callando. Pero la boda ya está pagada, los regalos siguen llegando, y su padrastro necesita doscientos cincuenta mil dólares. Judy sigue adelante por deuda afectiva, no por deseo.
La novela cruza esa historia con la de Jake Mason, heredero de una fortuna, que acude a la ceremonia por obligación con un amigo al que le debe la vida y del que sospecha, desde hace años, que es un aprovechado. Jake ha financiado el regalo de bodas que ahora sostiene el negocio de la familia Taylor, convencido de que un matrimonio y un socio serio bastarían para enderezar a Ben. La ironía se despliega antes de que suene la marcha nupcial: el novio descubre que la empresa está intervenida, calcula que ya tiene el dinero en el bolsillo y desaparece de la ciudad sin dejar dirección.
Lo que sigue es una huida a dos voces. Mientras la madre de Judy convierte el abandono en una acusación —la culpa de la humillación pública recae sobre la novia—, Jake la encuentra sola en la cámara nupcial y la saca de allí por instinto. El coche, el atasco donde unos desconocidos los felicitan creyéndolos recién casados, el velo arrancado y tirado a una papelera de parque: la obra convierte la vergüenza en liberación con gestos concretos más que con declaraciones. En el barco de Jake, Judy duerme el sueño del agotamiento y despierta riéndose a carcajadas de la idea materna de que los hombres llegan como ángeles enviados para cuidarla.
El título juega con la alta mar como espacio de tregua, pero también como escenario de una atracción incómoda. Jake carga con la culpa de haber puesto el dinero que hizo posible el engaño; Judy, con la sospecha de haber provocado su propio abandono. Entre ambos se instala una pregunta que la novela deja abierta desde el principio: si un hombre soltero, atractivo y millonario rescata a una novia plantada, ¿quién está rescatando a quién, y qué precio tiene aceptar la ayuda de alguien a quien no se le debe nada todavía?
Eva Rutland escribe una comedia romántica contemporánea de ritmo ágil, con diálogo abundante y una mirada irónica hacia el matrimonio entendido como transacción. Bajo la trama de rescate late un asunto más terco: una joven que decide, por primera vez, que prefiere una carrera propia a la seguridad que otros le han elegido. Publicada en 1998 como The Wedding Trap dentro de la línea Jazmín de Harlequín Ibérica, integra la serie Matrimonio por dinero.
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