Adriana tiene diecisiete años, acaba de terminar la ESO y encara el verano como una sucesión ininterrumpida de fiestas. Una noche, la decisión de subirse al coche equivocado lo parte todo en dos: despierta en un hospital rodeada de una…
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Adriana tiene diecisiete años, acaba de terminar la ESO y encara el verano como una sucesión ininterrumpida de fiestas. Una noche, la decisión de subirse al coche equivocado lo parte todo en dos: despierta en un hospital rodeada de una oscuridad que no se disipa. Ciega, encerrada en su habitación y furiosa con el mundo, rechaza cualquier ayuda hasta que sus padres contratan a un cuidador para el mes en que no pueden atenderla. Samuel tiene su misma edad, ha llegado allí castigado por una deuda con su familia y no está dispuesto a tratarla con lástima. Del choque entre dos adolescentes igual de tercos nace la historia de un verano que es, a la vez, el peor y el mejor de la vida de Adriana.
«Amor ciego de verano», de Sandra San Ildefonso Guerrero, es una novela juvenil narrada en primera persona por Adriana, que recuerda desde la distancia el verano en que su vida se rompió y volvió a armarse de otra manera. A los diecisiete recién cumplidos, tras aprobar por fin un cuarto de ESO que le costó dos intentos, Adriana solo aspira a divertirse: le gusta gustar, ser el centro de atención y no pasar desapercibida. Sus noches se encadenan unas con otras hasta que una de ellas termina en una carretera desconocida, en un coche que nunca llegó a casa.
Despierta en un hospital sin recordar nada y sin ver nada. La ceguera llega de golpe, sin tiempo de asimilarla, y con ella una pérdida todavía más difícil de nombrar: la de su mejor amiga, que iba en ese mismo coche. La novela se detiene en lo que casi nunca se cuenta de una desgracia así: la angustia de no distinguir la cara de su madre a unos centímetros, la humillación de que la lleven de la mano al baño, el pánico a que la casa de siempre se llene de obstáculos invisibles. Adriana se atrinchera en su cuarto, come poco, llora mucho, tira lo primero que encuentra y aparta con desprecio a las amigas que se acercan a verla.
El equilibrio precario de la familia se rompe cuando el padre debe viajar por trabajo y la madre no puede dejarla sola durante la jornada. De todas las llamadas al anuncio solo llega una, y así aparece Samuel: diecisiete años como ella, veraneante en el pueblo, obligado por su madre a trabajar para saldar una deuda que arrastra desde una noche que también le salió cara. Él prefiere llamarse cuidador antes que niñero; ella lo trata como a un intruso. Los primeros días son un pulso de desplantes, silencios y puertas cerradas, hasta que Samuel decide que la compasión no es lo que Adriana necesita y le devuelve, sin rodeos, su propia medicina.
A partir de ese choque, la novela avanza por gestos pequeños y verosímiles: un moratón que alguien se ofrece a mirar, un almuerzo compartido en la cocina en lugar de un plato dejado en la mesita, una conversación en la que dos adolescentes castigados por sus errores descubren que no son tan distintos. La autora sostiene el relato con diálogos ágiles, humor seco y una voz narradora que se juzga a sí misma con dureza y sin autocompasión impostada. Alrededor, una madre que trabaja limpiando oficinas y aguanta lo indecible, un padre que exige que su hija asuma las consecuencias de sus actos, y el debate silencioso sobre el bastón que Adriana se niega a usar porque aceptarlo sería aceptarlo todo.
La idea que vertebra el libro se resume en una palabra que Samuel le enseña: la noción china de crisis, formada por peligro y oportunidad a la vez. «Amor ciego de verano» habla del duelo y de la culpa, de la responsabilidad y del alcohol al volante, pero sobre todo de las personas que aparecen justo cuando más falta hacen y dejan una huella que no se borra. Una historia de aprendizaje y de amor adolescente que no promete que todo vaya a estar bien, sino que enseña a mirar cuando ya no se puede ver.
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