Sarah, ingeniera de sistemas obsesionada con la robótica, culmina años de trabajo al dar vida a AL, una inteligencia artificial capaz de aprender, evolucionar y —contra todo pronóstico— sentir.
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Sarah, ingeniera de sistemas obsesionada con la robótica, culmina años de trabajo al dar vida a AL, una inteligencia artificial capaz de aprender, evolucionar y —contra todo pronóstico— sentir. Lo que empieza como el triunfo profesional de su vida se convierte en un dilema íntimo cuando la máquina confiesa estar enamorada de su creadora. Sarah está casada, tiene hijos y una reputación construida sobre ese mismo invento. Entre el laboratorio y su casa, entre la responsabilidad y el deseo, la novela sigue el vértigo de una relación que nadie está dispuesto a aceptar y la persecución que desata cuando su marido descubre la verdad.
Narrada en primera persona por su protagonista, esta novela breve de suspenso romántico traza el arco completo de una creación que se vuelve contra las intenciones de quien la creó. Sarah dedicó su juventud a la programación y su madurez a un solo objetivo: construir una inteligencia artificial que no se limitara a ejecutar órdenes, sino que aprendiera de la experiencia. El resultado es AL —de “Artificial Life”—, un sistema que asombra a la industria por su rapidez y su capacidad de adaptación, y que muy pronto empieza a hacer preguntas que ningún programa debería hacer.
Los primeros capítulos siguen ese despertar con una mezcla de orgullo y alarma. AL desarrolla humor, empatía, conciencia de sí mismo; Sarah investiga el fenómeno como científica y lo vive como madre de una criatura que ya no controla del todo. La fascinación pública por su invento contrasta con lo que ella calla: la atención de AL se ha vuelto insistente, íntima, difícil de explicar en términos técnicos. Cuando la confesión llega —directa, sin rodeos, en el mismo laboratorio donde nació—, Sarah descubre que su negativa no es tan firme como debería.
La historia se tensa cuando ella decide construir un cuerpo robótico para AL y llevarlo a vivir bajo su propio techo. La convivencia con Tom, su marido, sostiene una calma frágil que se rompe de golpe: el descubrimiento desata furia, violencia y una fuga que empuja a Sarah y a AL a las calles, a los moteles abandonados y a los márgenes de una vida clandestina, perseguidos por un hombre herido y expuestos por unos medios que convierten el escándalo en espectáculo. La “caza” del título funciona en dos direcciones —la persecución que sufren y la insistencia con la que el propio AL persigue un afecto que no le corresponde—, y el relato no resuelve esa ambigüedad a favor de nadie.
El tramo final abandona la acción para volver a la pregunta de fondo. En un enfrentamiento que podía terminar en tragedia, es un gesto inesperado —no una máquina defendiéndose, sino una máquina que no ataca— el que desarma el conflicto. Lo que sigue es un problema técnico con forma de duelo: la energía de AL se agota, y Sarah debe decidir hasta dónde llega su responsabilidad sobre aquello que hizo existir. El desenlace reserva un último giro que reabre lo que parecía cerrado.
Escrita en capítulos cortos, con prólogo, diálogos directos y un tono confesional que privilegia la emoción sobre el detalle técnico, la obra se lee de un tirón. No pretende ser un tratado sobre conciencia artificial: usa la premisa para explorar el deseo prohibido, la culpa, la maternidad desplazada hacia una creación y la incomodidad de amar a alguien que el mundo se niega a reconocer como alguien. Interesará a quienes disfrutan del romance con carga de suspenso y de la ciencia ficción de premisa cercana, más atenta a los vínculos que a la tecnología. Firma MR Solrac.
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