En un distrito de la sierra peruana donde dos familias terratenientes se disputan linderos, poder y honor, una muchacha de quince años y el hijo del enemigo de su padre descubren que su amor clandestino ya tiene fecha de vencimiento: ella…
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En un distrito de la sierra peruana donde dos familias terratenientes se disputan linderos, poder y honor, una muchacha de quince años y el hijo del enemigo de su padre descubren que su amor clandestino ya tiene fecha de vencimiento: ella está embarazada. «Amor Andino», novela de Salustio Concha Tupayachi, sigue la fuga de esa pareja desde las haciendas de Buldibuyo hasta el litoral, cruzando cordilleras, aldeas de altura, socavones mineros y el mar abierto, mientras a sus espaldas el odio heredado se convierte en pleito judicial, machete y persecución.
Buldibuyo es un distrito donde la tierra tiene dueño y el dueño tiene memoria. Las haciendas Jerusalén y Roma —de los Sánchez y los Díaz— se tocan por un lindero que nadie ha sabido fijar en papel, y esa imprecisión lleva años alimentando invasiones, mojones derribados, peones armados y, finalmente, un muerto. El litigio sube de la provincia a la capital regional a lomo de caballo, escoltado por sirvientes con machete y por abogados que redactan escritos furibundos; entre soborno rechazado y sentencia apelada, don Manuel Sánchez y don Jesús Díaz descubren que lo que se juega no es solo un terreno, sino el control político y social de todo el pueblo.
En medio de esa geometría de rencores crecen Juana y Francisco. Ella tiene quince años, buena mano para la cocina y una madre que la vigila de cerca; él, dieciséis, y la costumbre de escaparse a un rincón de bosque —pacayes, paltos, mariposas sobre las flores— donde los dos se han inventado un mundo que dura lo que dura la tarde. El embarazo de Juana convierte ese refugio en cuenta regresiva: primero vienen las fajas para disimular, los remedios de hierbas, el encierro voluntario con la excusa de los estudios; después, el rumor que recorre los cortijos; por último, la certeza de que en un pueblo así, la noticia llegará antes que cualquier explicación.
Llega, en efecto, del peor modo posible: el padre y el hermano de Juana los sorprenden juntos y salen a matar. Francisco sobrevive porque ella se interpone; Juana paga con azotes y candado. Desde la habitación cerrada, con notas que van y vienen en manos de una sirvienta, la pareja arma su fuga, y una noche la ventana se convierte en la única puerta disponible.
Lo que sigue es un viaje a pie por la cordillera, con dos ponchos y un puñado de fiambres: arrieros que los acogen en una cueva mientras truena, una anciana que les cede su cama de paja y cueros de llama en una aldea sin propiedad privada, un caballo prestado, cuestas interminables y, al coronar la última montaña, la primera vez que ambos ven el mar. En el puerto empieza otra clase de dureza. Sin oficio ni edad, Francisco termina picando roca en una mina donde le sangran las manos y donde a los obreros se los estimula con alcohol; Juana aprende a cocinar pescado por necesidad y da a luz a una niña. Un encuentro afortunado con una comerciante los devuelve a la costa: él como ayudante en una lancha pesquera, ella en un restaurante cuyo cebiche empieza a hacerse fama.
Detrás quedan una madre que no deja de buscar, un matrimonio que se rompe por la ausencia de la hija, un hermano armado con un revólver y un encargo, y un pleito que avanza hacia su sentencia. Delante, la ambición de los nuevos patrones y un mar que no respeta vedas ni cálculos: cuando la lancha zarpa fuera de temporada y la tormenta se levanta a cinco millas del puerto, la novela recuerda que huir de una violencia no es lo mismo que quedar a salvo.
Escrita con vocabulario regional denso y atención minuciosa al detalle material —lo que se come, lo que se siembra, cómo se maniata una mula, qué se cuelga de los tijerales—, la obra alterna el pulso del melodrama con un retrato del sistema de haciendas, del despojo a los pobladores originarios y de la distancia entre la aldea comunal y el puerto que comercia. La historia de amor es el hilo; el tejido es un país donde la tierra decide quién puede querer a quién.