Una mujer se muda a una ciudad donde nadie la conoce para dejar atrás una relación que terminó en amenazas. Su primer día lo interrumpe un policía que entra por la ventana del baño persiguiendo a un sospechoso.
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Una mujer se muda a una ciudad donde nadie la conoce para dejar atrás una relación que terminó en amenazas. Su primer día lo interrumpe un policía que entra por la ventana del baño persiguiendo a un sospechoso. De ese encuentro absurdo nace una complicidad que la acompañará mientras reúne el valor de denunciar y de volver a confiar. Comedia romántica con trasfondo de acoso, narrada en primera persona por Flora Sanchetti.
La narradora llega a una ciudad nueva con una maleta, un apartamento diminuto y un plan sencillo: desaparecer. Huye de un ex que no acepta el final y que convierte cada número oculto en una amenaza. El anonimato le dura menos de un día. Bajo la ducha, entre el vapor y el gel de coco que reservaba para las ocasiones, un cuerpo empapado atraviesa la ventana del baño: es Javier Martínez, agente de policía en plena persecución, tan torpe como encantador, que se disculpa mientras tropieza con la alfombrilla y promete no haber visto nada.
Lo que empieza como una escena de comedia se convierte en el hilo del que tira toda la historia. Javier vuelve a por su tarjeta de identificación y deja, sin proponérselo, una puerta abierta. Cuando los mensajes se vuelven más fríos y más concretos, ella cruza de madrugada las calles vacías hasta la comisaría, y el agente que le toma declaración es precisamente él. A partir de ahí, el humor deja de ser solo un chiste y pasa a ser un método: una manera de sostener el miedo sin negarlo.
La novela avanza por escenas cotidianas más que por golpes de efecto. Tilas y croissants en la cafetería de al lado de la comisaría, papeleo traducido a lenguaje humano, un banco de parque donde las confidencias caben mejor que en una sala de interrogatorios, una noche en vela con chocolate caliente y la luz del pasillo encendida como frontera con el pánico. Entre anécdotas absurdas de servicio y confesiones a medio camino, se teje una intimidad que ninguno de los dos nombra del todo.
El acoso no desaparece por decreto. Los mensajes reaparecen justo cuando la calma empezaba a resultar creíble, y la protagonista descubre que la valentía no consiste en volverse invulnerable, sino en dejar de fingir que lo es y aprender a pedir ayuda. En paralelo asoman sus propios deseos aplazados —volver a hornear, abrir un local, dormir sin revisar el pestillo— como prueba de que la vida seguía esperándola.
Escrita en primera persona, con una voz irónica que se ríe de sí misma sin restar gravedad a lo que cuenta, la obra combina el ritmo ligero de la comedia romántica con la tensión sostenida de un relato sobre violencia de control. Su apuesta es clara: incluso en los tramos más oscuros, un gesto inesperado y una carcajada pueden cambiarlo todo.