Claudia Brennan, importadora británica de vinos, compra una granja toscana convencida de tener la ley de su parte; el aristócrata Cesare di Stefano reclama la misma tierra con un pergamino papal, y el pleito legal deriva en una atracción…
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Claudia Brennan, importadora británica de vinos, compra una granja toscana convencida de tener la ley de su parte; el aristócrata Cesare di Stefano reclama la misma tierra con un pergamino papal, y el pleito legal deriva en una atracción que amenaza su compromiso con Vittorio.
Claudia Brennan ha construido sola, desde los diecisiete años, un negocio de importación de vinos de Chianti en Londres, y lleva años enamorada de las colinas de la Toscana. Cuando un viñedo con una vieja casa de labranza aparece a la venta cerca de Lucca —pinos, olivos y vistas al pueblo medieval—, no espera a consultarlo con nadie: firma, paga a la familia Rossi y se imagina el hogar que compartirá con Vittorio Brunelli, el contador italiano con quien se comprometió cuatro meses atrás.
La euforia dura poco. Una carta manuscrita de abogado le informa que esas siete hectáreas pertenecen a Su Excelencia Cesare Massimo di Stefano, vigésimo duque de Ferraro, en virtud de un título concedido por un papa en 1791, y le advierte que no ponga un pie en la propiedad. Vittorio, que conoce el peso real de los apellidos antiguos en la región, le aconseja rendirse y demandar a los Rossi para recuperar el dinero: en Italia un caso civil puede tardar diez años, y la posesión —insiste— es nueve décimos de la ley.
Claudia no cede. Ha tratado a Di Stefano varias veces en el negocio del vino y lo recuerda encantador, irónico, de ojos grises y sonrisa perpetua; no ve en él al enemigo implacable que Vittorio describe. Decide llamarlo directamente y proponer una reunión. La conversación telefónica —un duelo de cortesías, alusiones históricas y burlas exquisitas sobre alabarderos, cacerías de noviembre y tías abuelas centenarias— la deja con la sensación de haber sido el ratón entre las garras del gato, pero también con una cita: té inglés en el palazzo, el viernes a las cuatro.
Detrás del litigio late otro conflicto, más íntimo. Vittorio pertenece a una familia donde los hombres deciden y las mujeres administran la admiración; da por hecho que, al casarse, tomará las riendas de las tiendas que Claudia levantó sin ayuda de nadie. Ella se resiste, discute, se burla de su melodrama meridional… y sin embargo reconoce en sí misma un tirón peligroso hacia la comodidad de ser cuidada. Ir sola al palazzo es, a la vez, una estrategia de negociación y una declaración de independencia.
Lo que Claudia no calcula es que el terreno en disputa deje de ser solo una escritura. Entre los reproches y las chispas del primer encuentro cara a cara aparece una atracción que ninguno de los dos ha pedido, y que obliga a Claudia a preguntarse qué está defendiendo realmente: unas hectáreas de viñedo, un matrimonio pactado con reglas que no son suyas, o el derecho a elegir por sí misma.
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