Una joven colombiana llega a Londres huyendo de un corazón roto y encuentra, sin buscarlo, a un futbolista del Chelsea cuya mirada azul esconde la misma tristeza que la suya.
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Una joven colombiana llega a Londres huyendo de un corazón roto y encuentra, sin buscarlo, a un futbolista del Chelsea cuya mirada azul esconde la misma tristeza que la suya. Entre entrevistas de trabajo en la alta costura, llamadas trasatlánticas a su madre y un pasado que se niega a quedarse atrás, Julieta descubre que empezar de nuevo también significa arriesgarse a sentir otra vez.
Julieta Martín González-Rubio tiene veintidós años, dos títulos que no le han servido para blindarse del dolor y una maleta que pesa más por lo que dejó en Colombia que por lo que trajo. Después de un año en que su vida cómoda se deshizo —los errores de su padre, la pérdida de un trabajo que amaba, la traición del hombre con el que creyó que compartiría todo—, acepta una beca para un curso de historia del arte y se muda a Londres. Su madre, Alicia, se queda en Bucaramanga con la familia; Julieta se queda con el insomnio, las pesadillas que la visitan desde noviembre y la certeza de que huir y empezar de nuevo pueden ser, con suerte, la misma cosa.
Londres le devuelve pequeñas victorias: un piso en Denmark Street donde el jazz entra por la ventana, una amistad feroz con Tita —la española que la bautizó Piccola y se volvió la hermana que nunca tuvo— y, una mañana lluviosa de marzo, un puesto como directora de relaciones institucionales en una gran casa de moda italiana. Ese mismo día, celebrando sola con un chocolate caliente y un libro, levanta la vista y ve a un hombre rubio rodeado de gente que le pide autógrafos. Se llama Stefan Trapp, juega en el Chelsea y en la selección alemana, y en sus ojos azules Julieta reconoce algo que conoce demasiado bien: una melancolía que no se cura firmando camisetas.
Lo que sigue es un cortejo tan improbable como tierno —un BMW negro siguiéndola por New Oxford Street, una conversación torpe en el banco de un parque, dos personas que se juran no volver a enamorarse y fracasan en el intento—. Pero el amor, como un partido, se juega en más de noventa minutos, y este tiene su propio reloj: la salud frágil de Alicia al otro lado del océano, los silencios que Julieta todavía no se atreve a nombrar, una jefa brillante y enigmática que parece reconocerse en ella, y un pasado que reaparece con acento italiano y ojos verdes, ofreciendo el cuento de hadas que alguna vez quedó a medias.
De la Toscana a Roma, de Estambul a los últimos días de un verano que nadie quiere que termine, la novela sigue a Julieta y Stefan por ciudades, temporadas y confesiones que duelen más de lo que curan. Es una historia de amor contada con la lengua de la música que suena en unos audífonos y la de los libros que sirven de refugio; una historia sobre lo que cuesta perdonar, sobre las mujeres que sostienen a otras mujeres, y sobre esa lección que solo se aprende jugando hasta el final: que poder decir adiós, a veces, también es crecer.
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