Mia McMurray se cuela en una lujosa subasta de arte contemporáneo en noviembre, donde observa desde las sombras el espectáculo del mercado global de arte.
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Mia McMurray se cuela en una lujosa subasta de arte contemporáneo en noviembre, donde observa desde las sombras el espectáculo del mercado global de arte. Su enfoque está en el lote número veintidós: "Lulú conoce a Dios y duda de Él", una obra maestra de Jeffrey Finelli que hipnotiza con los ojos grises de la niña retratada. Entre coleccionistas ricos, marchantes calculadores y nuevos especuladores, la tensión sube junto con las pujas, revelando las obsesiones y vanidades del mundillo artístico internacional.
En una noche de noviembre, durante una de las subastas más concurridas de arte contemporáneo, Mia McMurray permanece de pie al fondo de la sala, escondida entre la prensa y curiosos. Su invisibilidad planificada se ve amenazada por la aparición de Simon, su antiguo jefe, quien la descubre brevemente con la mirada antes de alejarse.
Mia anticipa el lote número veintidós: “Lulú conoce a Dios y duda de Él”, una obra monumental de Jeffrey Finelli que cubre la pared de la sala. El cuadro retrata a una niña que sostiene un lienzo y un pincel, bañada en luz dorada. Sus ojos grises atrapan la mirada con hipnótica intensidad, y su expresión transmite sabiduría y duda que hace innecesario el título mismo.
El mercado del arte es un circo de especulaciones y vanidades. Desde su observatorio, Mia disecciona a los asistentes: grandes coleccionistas en sus palcos, marchantes que toman el pulso del mercado, nuevos ricos intoxicados por el poder de compra, asesores que viven de comisiones, y mirones como ella, atraídos por el espectáculo de fortunas desplegadas sobre objetos de valor etéreo.
Entre los coleccionistas destaca Martin Better, promotor que acumula arte con despreocupación de comprador casual, pagando millones sin inmutarse. También está Connie Kantor, adinerada de reciente data que lleva tacones imposibles, diamantes excesivos y un bolso Hermès azul de cocodrilo que cuesta más que casas. Su entrada por el pasillo resulta cómica: tropieza, cae, y esparce maquillaje y tampones, robando la atención de la sala entera.
Cuando las pujas para el Finelli comienzan, el precio trepa rápidamente de novecientos cincuenta mil dólares a un millón, a millón cuatrocientos mil. Solo quedan tres compradores: un nuevo coleccionista, Connie con su pala levantada sin sutileza, y un misterioso postor de pie en una zona ciega junto a un pilar, invisible para la mayoría pero visible para el subastador. La tensión es palpable, una combinación de ansias especulativas y regocijo colectivo que solo una noche de subasta de alto nivel puede producir.