Un ensayo sobre el nacimiento del colectivismo artístico moderno: las hermandades de artistas que, entre finales del siglo XVIII y el final del XIX, decidieron que crear juntos también significaba vivir juntos.
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Un ensayo sobre el nacimiento del colectivismo artístico moderno: las hermandades de artistas que, entre finales del siglo XVIII y el final del XIX, decidieron que crear juntos también significaba vivir juntos. De los Méditateurs que se vistieron de griegos y se instalaron en un convento en ruinas a los Nazarenos que quisieron ser monjes medievales en Roma, de los prerrafaelitas y sus contrapartes femeninas a la deriva socialista de William Morris y los talleres de Charles Robert Ashbee, el libro reconstruye cómo la amistad, el disfraz, el ritual y la utopía se convirtieron en materia artística. Una historia de comunidades que ensayaron, con sus contradicciones, otras formas posibles de vida.
¿Por qué un grupo de discípulos de Jacques-Louis David empezó a pasear por el París posrevolucionario con túnicas griegas y barbas largas, antes de retirarse a un monasterio abandonado? ¿Qué buscaban los estudiantes prusianos que se juraron fidelidad, se dejaron el pelo largo y se mudaron a San Isidoro para imitar la vida monástica del Medievo? De esas preguntas parte este libro, que propone leer las hermandades artísticas del siglo XIX como el primer colectivismo de artistas plenamente moderno: asociaciones creadas de la nada, voluntarias y programáticas, con estatutos, emblemas y alias, levantadas a la vez contra la desaparición de los gremios y contra el poder normativo de las Academias de Bellas Artes.
El recorrido avanza en cuatro tiempos y traza una genealogía de afectos y de ideas. Primero, los Méditateurs, con su clasicismo esotérico, su vegetarianismo y su liderazgo carismático a medio camino entre el círculo de amigos y la secta. Después, los Nazarenos, que en 1807 se constituyen como Hermandad de San Lucas y trasladan a Roma la fantasía de un mundo anterior, hasta que la muerte temprana de Franz Pforr disuelve el proyecto en un movimiento más amplio. Luego, la doble escena prerrafaelita: la hermandad masculina de 1848, con sus vínculos intensos y sus tensiones, y el grupo de pintoras y escritoras que hacia 1850 comprende que asociarse, cuando se es mujer, significa algo radicalmente distinto, porque el arte y la lucha feminista resultan inseparables. Por último, la herencia de todo ello en Arts and Crafts, cuando el medievalismo estético de William Morris se convierte en imaginario de transformación social y el Guild of Handicraft de Ashbee lleva al campo la promesa de un trabajo reconciliado con el placer de crear.
La clave de lectura es la puesta en escena. Lo que otros historiadores han descrito como mera teatralidad —los trajes, los apodos, los rituales, el gesto meditativo, la convivencia en claustros vacíos— aparece aquí como práctica performativa con discurso propio: una manera de escenificar, con el cuerpo y con la vida cotidiana, el modelo de sociedad que cada grupo imaginaba. De ahí el rendimiento de conceptos como el gremio romántico, la retrotopía o el primitivismo estético, y de ahí también un decálogo que ordena los rasgos comunes de estas comunidades: la hermandad frente a la familia burguesa, la amistad como forma asociativa, la homosocialidad y sus exclusiones, la trascendencia religiosa que poco a poco se vuelve política, la tensión permanente entre colaboración y autoría individual.
Con retratos breves de sus protagonistas, un aparato visual que dialoga de igual a igual con el texto y un pulso narrativo que asume los límites de toda reconstrucción histórica, el libro conecta estos grupos con las vanguardias del siglo XX, con la historia larga de la contracultura y con el presente de las residencias artísticas y los nuevos experimentos comunitarios. Una invitación a escuchar las fantasías sociales del arte del pasado cuando vuelve a hacer falta renovar la imaginación política.
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