En «Amigos», el psicólogo evolutivo Robin Dunbar —autor del célebre número que lleva su apellido— reúne tres décadas de investigación para sostener una idea incómoda: la cantidad y la calidad de nuestras relaciones pesan más sobre la salud…
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En «Amigos», el psicólogo evolutivo Robin Dunbar —autor del célebre número que lleva su apellido— reúne tres décadas de investigación para sostener una idea incómoda: la cantidad y la calidad de nuestras relaciones pesan más sobre la salud y la longevidad que casi cualquier otro hábito. Entre datos epidemiológicos, experimentos de laboratorio y observación cotidiana, el libro explica cómo se construyen los vínculos, cuántos podemos sostener a la vez y por qué se rompen.
Hay una escena con la que casi cualquier adulto puede identificarse: mudarse a un lugar nuevo, mirar desde fuera una conversación ajena y descubrir que hacer amigos ya no es tan fácil como a los quince años. Robin Dunbar parte de ahí para desmontar la idea de que la amistad es un asunto blando, decorativo, ajeno a lo serio. Su tesis es la contraria: los vínculos son infraestructura biológica.
El argumento se apoya en evidencia acumulada durante las últimas décadas. Metaanálisis con cientos de miles de pacientes que sitúan el apoyo social y la integración comunitaria por delante de la dieta, el ejercicio o la contaminación como predictores de supervivencia, con un único rival comparable: dejar de fumar. Los datos longitudinales de Framingham, que permitieron rastrear cómo la felicidad, la depresión o el hábito de fumar se propagan de amigo en amigo, y hasta a los amigos de los amigos. Estudios que muestran respuestas inmunitarias más débiles en personas solas, marcadores de inflamación y coagulación alterados por el aislamiento, o cómo pertenecer a un par de asociaciones reduce de forma medible el riesgo de depresión. La soledad, en esta lectura, no es solo una tristeza: es una señal de alarma que la selección natural instaló para avisarnos de que algo debe corregirse.
La segunda mitad del planteamiento es estructural. Nuestra capacidad de relación no es infinita: se organiza en círculos concéntricos —los dos o tres imprescindibles, los quince, los cincuenta, los ciento cincuenta— y cada capa exige una inversión de tiempo distinta. Ese límite, popularizado como «número de Dunbar», no es una curiosidad estadística sino la consecuencia de cómo está construido el cerebro social y de que el día tiene las horas que tiene. De ahí que revolotear entre grupos no equivalga a tener amigos, y que las relaciones sostenidas solo por una afición compartida se evaporen cuando la afición se acaba.
El libro dedica buena parte de su recorrido a los mecanismos concretos: el papel de las endorfinas y del contacto físico, la risa, el canto, el baile y la comida compartida como tecnologías antiguas para fabricar cercanía; los pilares que hacen que nos reconozcamos en alguien y decidamos que es de los nuestros; los lenguajes con que expresamos afecto; la confianza como moneda y como riesgo. También aborda los bordes menos cómodos del tema: qué distingue la amistad del amor, cómo difieren las redes de hombres y mujeres, por qué las amistades se apagan casi siempre por descuido más que por conflicto, qué ocurre con los vínculos en la vejez y qué añaden —y qué no— las relaciones sostenidas a través de una pantalla.
Dunbar escribe desde la psicología evolutiva, pero cruza sin pudor la antropología, la neurociencia, la genética y el análisis de redes, y alterna el dato con la anécdota propia y con episodios históricos, desde los colonos de Jamestown hasta la expedición Donner, donde quienes viajaban acompañados sobrevivieron más que quienes iban solos. El resultado no es un manual de autoayuda ni promete recetas, aunque de sus páginas se desprenden conclusiones bastante prácticas sobre dónde conviene gastar el tiempo social del que disponemos. Es, más bien, un mapa de por qué nos necesitamos y de lo trabajoso que resulta mantener lo que damos por sentado.