En *American Beauty*, José Luis Vilallonga retrata a Jimmy Cahill, un irlandés-americano de sesenta y tantos que sobrevive a salto de mata en Los Ángeles, entre multas, resacas, empleos precarios y un pasado que apenas recuerda.
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En American Beauty, José Luis Vilallonga retrata a Jimmy Cahill, un irlandés-americano de sesenta y tantos que sobrevive a salto de mata en Los Ángeles, entre multas, resacas, empleos precarios y un pasado que apenas recuerda. Un encuentro casual con un antiguo compañero de la comuna de San Francisco —hoy directivo de una empresa tecnológica de Silicon Valley— reabre la puerta a 1966, cuando un chaval que huía de un barrio obrero de Boston creyó encontrar el paraíso en Haight-Ashbury. La novela alterna ese presente desgastado con la crónica de una juventud que prometía cambiarlo todo.
La novela arranca con un hombre al que ya no le quedan buenas noches. Jimmy Cahill se salta un semáforo, pasa la madrugada en un calabozo y sale del juzgado con el carné retirado, una multa que se lleva su semana entera y la certeza de que a su edad ya no hay margen para más tropiezos. Vive en una casa prestada de un barrio que sus vecinos originales abandonaron hace décadas, conduce un coche remendado y trabaja en un túnel de lavado del centro de Los Ángeles junto a expresidiarios, pandilleros y jornaleros sin papeles. Su patrón, un veterano de Vietnam con quien comparte generación y apellidos irlandeses, lo tolera por afecto más que por rendimiento.
Ese equilibrio precario se altera una tarde cualquiera. Un cliente de todoterreno caro y polo de golf lo reconoce al recoger las llaves y lo llama por un apodo que Jimmy tardó cuarenta años en no volver a oír. El hombre —hoy consejero delegado de una compañía de Cupertino— fue su hermano de comuna en el San Francisco de los sesenta. Jimmy se lo quita de encima con una excusa, pero se guarda la tarjeta, y esa tarjeta, encontrada horas después en el bolsillo mientras bebe fiado en un bar de barrio, funciona como bisagra: dos hombres que empezaron en el mismo sitio y acabaron en extremos opuestos del mapa social californiano.
La segunda parte retrocede a diciembre de 1966. Jimmy tiene diecisiete años y acaba de cruzar el país en autostop desde el sur de Boston, huyendo de un padre alcohólico y violento, de un barrio donde toda conversación termina a puñetazos y de un porvenir que ya podía dibujar entero: paro, cárcel o resignación. Lo que le esperaba en San Francisco no era la ciudad soleada de las fotografías, sino muelles helados, hambre y una primera noche a la intemperie bajo unos cartones. La aparición al amanecer de un desconocido de melena larga y gafas azules —un tipo que le habla de hermandad y le ofrece comida y techo— lo lleva colinas arriba, en tranvía, hasta descubrir la ciudad blanca que había venido a buscar y la casa comunal donde veinte personas entran y salen sin llevar la cuenta.
Vilallonga construye el relato sobre ese contraste: el asombro de un chaval que no entiende el idioma de la utopía frente a la lucidez cansada del hombre en que se convirtió. Alrededor de Jimmy circulan los personajes que dan textura al doble retrato —el jefe pragmático, los compañeros del turno, los parroquianos del bar, los hermanos de la comuna—, y de fondo suenan la música que llegaba entonces de Inglaterra y la promesa de una revolución que iba a liberar al mundo de sus prejuicios.
Más que una nostalgia complaciente, el libro propone un balance. Los epígrafes que lo abren ya avisan del tono: la resaca que siguió a la fiesta, el aprendizaje disfrazado de error, la memoria borrada por la propia experiencia. American Beauty pregunta qué queda de una generación cuando se apaga la música, y por qué a unos les dejó una fortuna en Silicon Valley y a otros una foto amarillenta en la mesilla de noche.
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