Amara Sofía Márquez estudia Filosofía y Letras en la Ciudad de México y acaba de dar un paso que llevaba años posponiendo: salir de su propio miedo.
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Amara Sofía Márquez estudia Filosofía y Letras en la Ciudad de México y acaba de dar un paso que llevaba años posponiendo: salir de su propio miedo. La novela de Ángel Cura la acompaña en ese umbral, entre la rutina del metro y las aulas, la complicidad de su amiga Carmen, la partida de su hermana Tima y el recuerdo de un amor que resultó espejismo. Alternando presente, pasado y una serie de capítulos oníricos, el relato arma poco a poco el mapa de una vida que se reconstruye pieza por pieza.
La historia abre con una imagen desconcertante: una mujer frente a la nada, interrogándola sin obtener respuesta, hasta que alguien de ese otro lado la cobija y la devuelve al mundo con una frase que la marcará —«Te necesitan más donde estás»—. Desde ese prólogo, la novela se instala en un terreno ambiguo, donde lo cotidiano y lo simbólico comparten el mismo aire.
El presente encuentra a Amara Sofía Márquez despertándose a las siete de la mañana en un apartamento demasiado silencioso. Es alta, rubia, introvertida; el silencio le sirve de escudo y la reflexión se le ha vuelto costumbre. Estudia Filosofía y Letras en la universidad gracias a una beca que cuida con obsesión, porque llegó ahí tras un esfuerzo enorme y porque quería no solo leer filosofía, sino practicarla. La víspera ha hecho algo que describe como salir de una caja: por primera vez se siente ella misma, sin máscaras.
Su contrapeso es Carmen Tamarián, compañera de clase desde el primer semestre y amiga por accidente. Pequeña, morena clara, de ojos vivaces y humor filoso, Carmen es todo lo que Amara no se permite: temeraria, observadora, incapaz de dejar pasar una tontería sin anotarla en sus libretas de «ocurrencias». También escribe cuentos, y uno de ellos —la larga leyenda del demonio de la montaña de Grimer— se despliega dentro de la novela como un relato dentro del relato: un pueblo cercado por criaturas aladas, una forastera vestida de blanco a la que la comunidad primero difama y después venera, y una cadena de crímenes que arrasa con todo. Es una fábula cruda, de violencia explícita, que Carmen improvisa medio en broma para ajustar cuentas con una rival y que termina funcionando como espejo oscuro de los temas del libro: la sospecha, la crueldad colectiva, lo que se esconde bajo una apariencia amable.
El presente, sin embargo, guarda una herida más íntima. Al volver a casa, Amara encuentra a Tima, su hermana menor, recogiendo el resto de sus cosas. La conversación es breve y devastadora: hay un golpe en el pasado, una madre enferma de la que hay que dar noticias, una promesa de regreso arrancada en la puerta del elevador. Tima se va en un taxi y deja tras de sí una casa vacía y un vínculo suspendido.
De ahí la novela retrocede. En una mañana de septiembre, Amara conoce a Arturo, recién llegado de las costas del Golfo, atlético y cortés, de ojos verdes que la dejan sin habla. Con el empujón de Carmen se atreve a acercarse, y durante las semanas siguientes la cafetería de la universidad se convierte en punto de encuentro y el trato en algo cada vez más personal. El lector ya sabe, por lo que Amara deja dicho en el presente, que ese amor terminó siendo un espejismo decepcionante y que la obligó a abrir los ojos.
Entre el bloque del pasado y el del presente se intercalan seis capítulos titulados «El sueño», que fragmentan la narración y sugieren una tercera dimensión —la de la nada del prólogo— aún por resolver. El resultado es una novela de aprendizaje escrita en clave introspectiva, con pasajes de humor entre amigas, un cuento de horror incrustado en el centro y un pulso constante entre el miedo y la decisión de perderlo. Al fondo late también una promesa de escritura: los relatos que el padre de Amara les contaba a ella y a su hermana, que Tima recuerda letra por letra y que Amara quiere rescatar antes de que se le olviden.