Londres, 1810. Charlotte Withcam está a semanas de casarse con el hombre al que cree amar cuando una visita nocturna e imprudente le revela la verdadera vida de su prometido y la complicidad de su propio padre.
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Londres, 1810. Charlotte Withcam está a semanas de casarse con el hombre al que cree amar cuando una visita nocturna e imprudente le revela la verdadera vida de su prometido y la complicidad de su propio padre. Herida y sin casa a la que volver, decide cobrarse la traición del único modo que se le ocurre: presentarse bajo la lluvia en la mansión de James Hamilton, conde de Bedford, el libertino más comentado de la ciudad, y aceptar la propuesta que meses antes había rechazado con desprecio. Lo que empieza como una venganza calculada se convierte en un pulso íntimo entre dos personas que se provocan, se hieren y se descubren mucho más vulnerables de lo que aparentan. Primera entrega de la serie Guerreros de la corona, un romance histórico de tono sensual y explícito dirigido a lectores adultos.
Todo empieza con un beso equivocado. En un pasillo mal iluminado, durante un baile, Charlotte Withcam confunde a un desconocido con su prometido y descubre demasiado tarde que ha caído en los brazos de James Hamilton, conde de Bedford, un hombre rodeado de rumores escandalosos en el Londres de la Regencia. Él le propone que sea su amante; ella lo rechaza con un desdén que resulta más filoso de lo que pretendía, y ambos se separan convencidos de que el asunto queda cerrado.
Dos meses después, en julio de 1810, Charlotte se prueba su vestido de novia y se cree la mujer más afortunada del mundo. Impaciente por naturaleza y poco amiga de los protocolos que la rodean, escapa de noche vestida con ropa de hombre para sorprender a su prometido, Gerald Foley. Lo que encuentra en su casa desmonta de golpe la vida que había imaginado: una fiesta desbordada en la que Gerald no solo participa, sino que preside, y en la que también está su padre, el vizconde Withcam. Cuando exige explicaciones, recibe excusas del uno y una bofetada acompañada de una orden del otro. El matrimonio, le advierten, se celebrará igual, porque su opinión no cuenta.
Charlotte decide que sí cuenta. Sin casa, sin prometido y sin ganas de agachar la cabeza, le pide a su cochero que la lleve a la mansión de Bedford. Llega empapada, tomada por mendiga, y le anuncia al conde que acepta aquella propuesta que tanto la había ofendido: será su amante, y todo Londres lo sabrá. El escándalo es precisamente el arma que busca.
James acepta el trato con una mezcla de burla y apetito, pero desde el primer momento la novela deja pistas de que su interés no es solo el que confiesa. Se irrita cuando descubre un moretón en la mejilla de ella y exige saber quién se lo hizo; su servidumbre deja caer frases a medias que él corta con la mirada; reacciona con una furia desproporcionada ante una mentira que Charlotte suelta por orgullo, y sale de su propia alcoba en mitad de la noche sin una explicación convincente. Charlotte, que llegó dispuesta a usarlo, empieza a preguntarse qué esconde ese hombre que todos describen como incapaz de sentir nada.
La tensión de la historia se sostiene en ese doble juego: una protagonista que se dice movida solo por la venganza mientras su cuerpo y su curiosidad la contradicen, y un antagonista aparentemente irredimible cuyas grietas se abren de a poco. Alrededor de ellos, la autora dibuja un Londres de dos caras, el de los salones donde la reputación de una mujer vale más que su voluntad y el de las casas donde los mismos hombres que la juzgan se permiten todo.
Escrita con diálogo directo, ritmo rápido y escenas de sensualidad explícita, Amante por despecho abre la serie Guerreros de la corona con una premisa clásica del romance histórico —el trato imposible entre la joven despechada y el libertino— y la lleva hacia el terreno que más le interesa a la autora: por qué sus personajes se comportan como lo hacen. Recomendada para lectores adultos.