Natasha Sánchez heredó de su padre la pastelería Pekarnya, un negocio familiar con alma rusa y tartas de encargo que sostienen las cuentas. Entre entrevistas de trabajo, pedidos que se cruzan y el duelo aún reciente, aparece Héctor…
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Natasha Sánchez heredó de su padre la pastelería Pekarnya, un negocio familiar con alma rusa y tartas de encargo que sostienen las cuentas. Entre entrevistas de trabajo, pedidos que se cruzan y el duelo aún reciente, aparece Héctor Fernández: un candidato demasiado cualificado, demasiado seguro y demasiado dispuesto a mirarla a los ojos. Contratarlo es una buena decisión empresarial y, probablemente, una pésima decisión sentimental. Primera entrega de la saga Bizcocho para adultos, una novela romántica adulta sobre el deseo que se cuela en el obrador cuando el pasado todavía llama por teléfono.
Todo empieza con una tarta de fresa y un cumpleaños feliz. Natasha ha diseñado el postre que celebra los sesenta y tres años de su padre, el hombre que levantó la pastelería Pekarnya y que esa misma noche le enseña, orgulloso, la carta de agradecimiento de un cliente importante. Horas después, una llamada de madrugada la manda corriendo al hospital. Entre esas dos escenas cabe entera la vida que la protagonista tendrá que aprender a sostener sola.
La novela retoma el hilo con Natasha ya al frente del negocio: sentada ante el micrófono de una radio local, repitiéndose su propio nombre como un conjuro para no tartamudear, presentando ante los oyentes lo que hace especial a Pekarnya —los encargos imposibles, los dulces rusos heredados de la fascinación paterna por aquel país, el equipo que trabaja con olor a magdalena recién hecha. El obrador es su refugio: allí no hay preguntas incómodas, solo crema, chocolate y la costumbre, aprendida del padre, de hablarles a los pasteles mientras se terminan.
Un pedido mal etiquetado precipita el resto. Una dependienta despistada confunde unas pastas con los pasteles de aniversario de un buen cliente, Natasha tiene que rehacerlo todo en una tarde y tomar la decisión que más le pesa: despedir. El anuncio en el periódico local trae currículos a montones —maestros, ingenieros, gente sin estudios— y también trae a Héctor Fernández, que en lugar de enviar un correo se presenta en persona, traje formal y cartera de cuero, porque los emails son fríos y él prefiere mirar a los ojos a quien va a pedirle trabajo. Tiene veintisiete años, ha estudiado marketing, encadena empleos cortos y una explicación demasiado buena para justificarlos: no quiere ser el número trescientos de una lista interminable.
Lo que sigue es una negociación en dos planos. En uno, Natasha evalúa a un candidato sobrecualificado que podría aportar exactamente lo que a Pekarnya le falta. En el otro, se muerde el labio, se sonroja detrás del currículo y recibe, a través de Marga —la empleada veterana que ejerce de tía, consejera y alarma—, una nota escrita a mano cuyo doble sentido es tan descarado que las dos acaban riéndose. Marga aprueba con reservas: no es Natasha quien le preocupa, sino ese chico magnético del que aún no sabe si atrae para bien.
Y, mientras tanto, el pasado insiste. Mateo, el exnovio, vuelve a llamar. Cuatro años de relación que empezaron con viajes y cenas caras y terminaron en una Nochebuena que nadie de la familia ha olvidado, con un hermano policía sacándolo de casa a la fuerza y un mes de acoso telefónico que Natasha superó a base de ansiolíticos y de una abogada. Ahora quiere hablar cara a cara, dice que ha cambiado, y ella acude a la vieja cafetería sabiendo que ignorarlo sería peor.
Entre el mostrador y el despacho, entre el duelo que se cuela en los sueños y una amiga que le manda fotos subidas de tono para recordarle que sigue viva, Amanecer dulce construye una historia de deseo adulto y reconstrucción personal en la que el negocio heredado es mucho más que un decorado: es el lugar donde la protagonista decide, cada día, quién quiere ser. Primera entrega de la saga Bizcocho para adultos.