Buenos Aires, 4 de mayo de 1840. Seis hombres cruzan de noche las calles rumbo al río para embarcarse hacia Montevideo y sumarse a las fuerzas que combaten a Juan Manuel de Rosas.
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Buenos Aires, 4 de mayo de 1840. Seis hombres cruzan de noche las calles rumbo al río para embarcarse hacia Montevideo y sumarse a las fuerzas que combaten a Juan Manuel de Rosas. El guía que los conduce los entrega: una partida de jinetes cae sobre ellos en la costa y sólo uno, Eduardo Belgrano, sobrevive a la emboscada gracias a la aparición de su amigo Daniel Bello. Con ese arranque —una traición, una fuga trunca y un herido escondido en una zanja mientras suena un piano en la casa del ministro británico— José Mármol abre la novela que la tradición literaria argentina considera fundacional, y que se prolonga en el refugio que ofrece la joven viuda tucumana Amalia Sáenz de Olabarrieta.
La acción de Amalia se concentra en un lapso breve y preciso: del 4 de mayo al 5 de octubre de 1840, en una Buenos Aires cercada por el bloqueo francés y atravesada por el miedo. Es el momento de la campaña de Lavalle, de las conspiraciones fallidas en el sur de la provincia y del complot desbaratado del coronel Maza; el momento, también, en que a las cárceles y los fusilamientos empiezan a sucederles los asesinatos ejecutados por la Mazorca. La novela entra en ese clima por la puerta más directa: un intento de emigración clandestina que termina en degüello sobre la barranca del río. Eduardo Belgrano, joven de fortuna heredada y educación esmerada, se bate solo contra cuatro asesinos y cae herido; su amigo Daniel Bello, que había defendido la tesis contraria —que la lucha debía darse dentro de la ciudad y no en los ejércitos—, lo rescata, lo esconde y organiza su ocultamiento en la quinta de Amalia, la viuda de la que Eduardo terminará enamorándose. Alrededor de ese núcleo íntimo Mármol despliega un friso político: el Restaurador y su entorno, los jefes y comisarios del régimen, los delatores, los hombres de la Mazorca que se reparten billetes a la luz de un cigarro y discuten a quién conviene servir según cómo vengan las cosas. La construcción trabaja en dos registros contrastados. Uno, ornamental y sostenido en la descripción morosa, envuelve a Amalia, su casa y sus objetos, y funciona como emblema de un ideal europeo de civilización. El otro, más seco y más eficaz, alcanza su mejor rendimiento cuando retrata la violencia y a quienes la administran. Publicada por entregas en 1851 en el periódico montevideano La Semana y completada en la edición porteña posterior a la caída de Rosas, la obra adopta procedimientos del folletín —suspenso por capítulos, persecuciones, un desenlace sangriento— sin renunciar a la intención de examen político: la novela vuelve sobre una derrota vivida por su autor, que también debió ocultarse en la ciudad antes de emigrar. El resultado combina crónica de época, romance y alegato, y abre en la literatura hispanoamericana una línea de ficciones sobre el poder despótico que llegará hasta el siglo XX.