Viena, noviembre de 1823. Encerrado desde hace meses en unas habitaciones polvorientas, un músico de setenta años grita de madrugada el nombre de Mozart y se llama a sí mismo su asesino.
Descargar
Viena, noviembre de 1823. Encerrado desde hace meses en unas habitaciones polvorientas, un músico de setenta años grita de madrugada el nombre de Mozart y se llama a sí mismo su asesino. La ciudad murmura, dos correveidiles propagan el rumor y el propio anciano decide convocar al público del futuro para juzgarlo. Lo que sigue es su última obra: el relato de cómo un compositor devoto y aplicado descubrió la genialidad ajena y, con ella, la sospecha de haber sido burlado por Dios.
La pieza arranca con un rumor que ya es escándalo. En una Viena de sombreros de copa y cafés murmuradores, la palabra “asesino” circula pegada al nombre de Antonio Salieri, primer Kapellmeister imperial, recluido y anciano. Dos figuras veloces —los Venticelli, “vientecillos” a sueldo que reparten noticias, chismes y medias verdades a una velocidad de obertura— interrogan al criado y al pastelero del viejo maestro y esparcen lo que oyen: que confiesa a gritos, día y noche, un crimen de hace treinta y dos años. Nadie acaba de creerlo, y esa incredulidad es precisamente el motor de todo lo que viene después.
Salieri hace girar su silla de ruedas y se dirige al patio de butacas. Ha despedido a sus dos criados hasta el amanecer y convoca al público como quien invoca dioses en una ópera: nos llama sombras del futuro, ciudadanos del siglo por venir, y nos pide que seamos sus confesores hasta las seis de la mañana. Antes de contar nada, admite un pecado menor y revelador —una glotonería infantil por los dulces del norte de Italia— y luego el que de verdad ordena su vida: la ambición. De niño, en la pequeña Legnago, hizo un trato con un Dios de mirada mercantil, un Dios de tratos irrevocables: castidad, virtud y música en su honor a cambio de fama como compositor. El contrato pareció cumplirse de inmediato. Un benefactor lo llevó a Viena, el Emperador lo protegió y a los treinta y un años era ya el músico joven más próspero de la ciudad más musical de Europa.
Entonces se despoja de la bata y el gorro y reaparece joven, en 1781, en pleno esplendor ilustrado. La corte de José II lo rodea con sus jerarquías —el chambelán Von Strack, obsesionado con el protocolo; el conde Orsini-Rosemberg, defensor de todo lo italiano; el barón Van Swieten, masón grave y enemigo de la frivolidad— justo cuando llega a Viena Wolfgang Amadeus Mozart, el antiguo niño prodigio, dispuesto a quedarse. Salieri, inquieto por tanto elogio, decide verlo de cerca en casa de la baronesa Waldstaten. Oculto en un sillón alto mientras saborea una crema al mascarpone, asiste sin querer a una escena de gato y ratón entre el músico y Constanze Weber: obscenidades, palabras del revés, risa de relincho, un hombre pequeño y desasosegado que en nada se parece a la idea que uno se hace de un elegido.
Minutos después llega la música. A través de una puerta, un adagio en la bemol —un latido grave, una nota sostenida en el oboe, una frase que un clarinete dulcifica— derriba a Salieri, que sale a la calle sin aliento a exigirle explicaciones al cielo. Ha reconocido la voz de Dios, y esa voz habla por la boca de un joven grosero. A partir de ahí, la obra avanza como el espectáculo que el propio Salieri anuncia, “La muerte de Mozart o ¿Lo hice yo?”, sostenido por una escenografía que cambia de tiempo y lugar solo con la luz, por una caja de proscenio dorada donde se abren teatros y logias, y por criados de librea que mueven muebles a la vista sin interrumpir jamás el flujo. La acción no se detiene nunca: la pregunta del título tampoco.