En mayo de 1981, un joven de diecinueve años baja de un avión en Río Gallegos con un traslado laboral bajo el brazo y ninguna certeza sobre lo que le espera.
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En mayo de 1981, un joven de diecinueve años baja de un avión en Río Gallegos con un traslado laboral bajo el brazo y ninguna certeza sobre lo que le espera. En su primer día en la Casa de Gobierno se cruza con Livia, la directora general de la oficina a la que acaba de ser asignado: treinta y siete años, viuda joven, cuatro hijos y una pareja reciente. Él se enamora en el acto de un amor que sabe imposible. Amada mía, novela de José Osvaldo Suligoy, reconstruye ese encuentro y las casi tres décadas de vida compartida que siguieron, narradas desde la orilla del duelo por quien quedó del otro lado.
La historia empieza por el final. Es Nochebuena de 2014 y el narrador, Rodolfo, mira el cielo desde el balcón de un tercer piso alquilado en La Plata mientras los fuegos artificiales suenan lejos. Hace poco más de año y medio que Livia murió, y el dolor recién empieza a ceder ante algo que él llama aceptación: no un olvido, sino un modo distinto de seguir andando. Desde ese presente sin ilusiones, la voz decide volver al principio y contar entera la historia de amor que le tocó vivir.
El principio está en 1981, en la Patagonia. Rodolfo tiene diecinueve años, viene de la Capital Federal y ha pedido el traslado a Río Gallegos porque el ofrecimiento incluye mejor categoría, mejor sueldo y un plus por zona desfavorable; también porque allí hay familia. Baja del avión al viento seco y helado del sur, se instala en casa de sus tíos, comparte cuarto con su primo Ezequiel y entra a trabajar en el Departamento Decretos, en un edificio rosado de una sola planta rodeado de faroles y árboles bajos. Es un mundo de máquinas de escribir, mates compartidos y una ciudad de cuarenta mil habitantes donde todos se conocen.
El encuentro ocurre esa misma tarde: se abre la puerta y entra la directora general. Rodolfo queda desarmado por una sonrisa y una mirada que le resultan, de manera inexplicable, ya conocidas. La distancia entre ambos es toda la que puede haber —dieciocho años, cuatro hijos, un duelo previo, un noviazgo en curso, una jerarquía de oficina— y él lo sabe con lucidez desde el primer día. La novela se detiene con paciencia en ese amor callado: los meses de trabajar cerca de ella, la euforia de una sonrisa dirigida y el desplome de un día en que lo ignora, la confesión a media voz en la oscuridad del cuarto compartido, la mudanza a una pensión de la calle Pellegrini donde se negocia el alojamiento con una moto en garantía y donde la sopa caliente es infaltable en invierno y en verano.
Sobre esa base de vida cotidiana —empleos públicos, barrios nuevos, tíos que aparecen sin avisar para llevarse al sobrino de vuelta a casa— se levanta una crónica sentimental que abarca veintiocho años de pareja y desemboca en la pérdida. Suligoy escribe en primera persona, con prosa cálida y confesional, y no oculta su propósito: el relato es también un testimonio espiritista, atravesado por la convicción de que la muerte no interrumpe el vínculo y por un mensaje recibido por vía mediúmnica que el narrador lee como una señal de ella.
El resultado es un libro de duelo escrito contra el desconsuelo, dirigido con especial insistencia a quienes han perdido a alguien. Quien acepte acompañarlo encontrará una historia de amor sin desbordes ni escándalos, hecha de ternura sostenida y presencia diaria, y una invitación explícita a creer que el afecto verdadero atraviesa el tiempo, la distancia y la materia.