Hablar bien en público es, según Javier Bernad, la habilidad blanda que más ventaja competitiva otorga a un directivo, y también la peor entrenada.
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Hablar bien en público es, según Javier Bernad, la habilidad blanda que más ventaja competitiva otorga a un directivo, y también la peor entrenada. Este manual, nacido de miles de sesiones de entrenamiento con ejecutivos, ordena en diez principios todo lo que ocurre antes, durante y después de una presentación: los nervios, el mensaje, la estructura, la voz y el cuerpo, la logística, las diapositivas, las preguntas y los imprevistos. Un método directo, con aplicación inmediata en cada capítulo.
Un director general recién llegado se sujeta al atril con las dos manos, las tiene frías, la voz le sale como un hilo y en quince minutos pierde el respeto que había construido en tres meses. La escena con la que arranca este libro no es excepcional: es la norma de un país donde nadie aprende a hablar en público hasta que no le queda más remedio, y donde las presentaciones siguen empezando con un “bueno, pues…” que desarma al orador antes de la primera frase.
Javier Bernad, profesor de habilidades de comunicación, parte de una constatación incómoda. Las llamadas habilidades duras se puntúan de cero a diez: o sabes operar una hernia o no. Las blandas van de cero a infinito, nunca terminas de mejorarlas, y su gran defecto es que se puede sobrevivir sin ellas. De todas, hablar bien en público es la que más diferencia marca: el gran líder que no se da a conocer será un líder en la sombra, y la idea que podría cambiar algo se queda dentro de la cabeza si no se comunica.
El libro organiza esa disciplina en diez principios. Empieza por los nervios, explicados sin misticismo —adrenalina, pupilas dilatadas, diafragma en tensión, la misma respuesta que ante un perro que se acerca— y desmontados con lo único que funciona: ensayar de pie, con la ropa puesta, ante una cámara, hasta que las notas sean un amuleto y no una chuleta. Sigue con el mensaje único que la audiencia puede retener, con el desplazamiento del foco desde quien habla hacia quien escucha, y con una arquitectura de introducción, cuerpo y cierre que incluye el discurso de ascensor y el arte de ser breve.
La segunda mitad baja al detalle físico y logístico: manos, brazos, mirada, postura, velocidad, volumen, pausas y rellenos; la luz, el sonido y la disposición de la sala como responsabilidad propia y no del asistente; una veintena de reglas para que las diapositivas ilustren en lugar de sustituir; el manejo de las preguntas, incluidas las hostiles, las confidenciales y las que no se saben responder; y un cierre dedicado a lo que se rompe, se duerme, llega tarde o deja la mente en blanco.
Con prólogo de Domingo Ureña Raso y publicado en la colección de LID Editorial e IE Business School, es un texto de aplicación inmediata que insiste en una condición: leerlo cambia cosas, pero no sirve de nada sin práctica constante.