Un ensayo pedagógico sobre las altas capacidades en la escuela: por qué el talento pasa desapercibido, cómo detectarlo a tiempo y qué hacer con él en el aula.
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Un ensayo pedagógico sobre las altas capacidades en la escuela: por qué el talento pasa desapercibido, cómo detectarlo a tiempo y qué hacer con él en el aula.
Arranca con una escena real y desconcertante: un violinista toca Bach durante cuarenta y cinco minutos en una estación del metro de Washington y casi nadie se detiene. Solo los niños giran la cabeza; sus padres tiran del brazo y siguen la marcha. El músico era uno de los mejores intérpretes del mundo. De esa anécdota los autores extraen la pregunta que sostiene todo el libro: ¿sabemos reconocer el talento cuando aparece donde no lo esperamos, y muy en particular dentro de la escuela?
A partir de ahí, la obra construye un recorrido ordenado por el terreno de las altas capacidades. Señala primero una paradoja del sistema educativo: aunque la normativa reconoce a estos alumnos como sujetos de necesidades educativas especiales, en la práctica diaria la atención se concentra en las dificultades de aprendizaje y ellos quedan al margen, con la suposición implícita de que se arreglarán solos. El texto insiste en lo contrario: hay que detectarlos con nombre y apellido, desde la primera infancia, mediante observación, entrevistas, cuestionarios y pruebas específicas, y responder después a sus ritmos, intereses y necesidades reales.
El armazón teórico repasa el propio concepto de inteligencia —hoy entendida como fruto de lo genético y lo ambiental, modificable y educable— y presenta los modelos que orientan la intervención: las inteligencias múltiples de Gardner, con la lingüística, la lógico-matemática, la espacial, la cinestésica-corporal, la musical, la naturalista, la interpersonal, la intrapersonal y la discutida inteligencia espiritual; los tres anillos de Renzulli, donde la superdotación surge del cruce entre capacidad, compromiso con la tarea y creatividad; el modelo de Bárbara Clark, que suma a lo cognitivo, lo afectivo y lo físico las dimensiones intuitiva y espiritual; y la distinción de Gagné entre dotes naturales y talentos desarrollados, con los catalizadores personales y ambientales que los favorecen o los frenan.
Buena parte del libro se dedica a desmontar el retrato tópico de estos niños. Un cuadro de estereotipos frente a realidades corrige creencias muy arraigadas: que pertenecen a clases acomodadas, que destacan en todo, que son serios y desequilibrados, que no necesitan ayuda o que solo un docente excepcional puede atenderlos. Frente a esos clichés, se describen con detalle sus rasgos observables en inteligencia, aprendizaje, creatividad, memoria y motivación, junto con las distintas disincronías —interna, fisiológica, social y familiar— que explican el desfase entre una cabeza que corre y una edad emocional o corporal que no.
La última parte ordena el mapa de perfiles: superdotados, precoces y talentosos, con una tipología minuciosa de los talentos académico, artístico-figurativo, deportivo, creativo, social, lógico, matemático y verbal. Cada uno viene con sus riesgos propios —aburrimiento, aislamiento, hábitos de estudio frágiles, bajo rendimiento por falta de estímulo—, un recordatorio de que la alta capacidad no garantiza el éxito escolar. Contra ese riesgo, la propuesta es coordinación docente, estrategias consensuadas, enriquecimiento del currículo, planes individualizados o aceleración cuando procede, y familias informadas que no nieguen ni presionen. El objetivo declarado es doble: que estos alumnos desplieguen todo su potencial y que, al hacerlo, mejore la calidad educativa para todos.